Víctor Corcoba HerreroHoy el mundo se enfrenta a cuestiones de justicia distributiva como jamás, puesto que cada día son más las personas que carecen de bienes imprescindibles para seguir viviendo. La nutrición, la educación y la salud, que debiera alcanzar a todas las personas, es algo que se le sigue negando a multitud de seres humanos, mientras otros continúan practicando el derroche. A los verdaderos autores de este despilfarro tampoco se les aplica un castigo proporcional a su injusta hazaña. ¿Dónde está esa justicia retributiva para que se sancione ejemplarmente el daño provocado?. Si en verdad queremos reconducir la idea de que todos los ciudadanos han de tener lo básico para su sustento y las mismas oportunidades para realizarse, hagámoslo realidad de una vez y para siempre. No nos dejemos confundir. No hay desarrollo sostenible, sino se aplica una distribución justa de recursos, y sí no se retribuye el mal que causan las fuerzas que discriminan.

No podemos perder más tiempo, tenemos el justo y el preciso, para erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social. Fuera exclusiones en un planeta global. Es posible llevarlo cabo. Es posible. Sólo necesitamos buenos referentes, auténticos guías. Tenemos que restaurar la ética y dar una respuesta contundente a quien infrinja las bases de esta justicia, para que todos podamos vivir con dignidad, estabilidad y oportunidades. A mi juicio, eso es lo que buscan las riadas de personas que últimamente siguen manifestando su descontento. Lo que anhelan es una justicia distributiva y, en todo caso, el que no cumpla con ésa ética de respeto e inclusión social, que tenga un castigo ejemplar. En definitiva, lo que en el fondo de estas movilizaciones ciudadanas subyace es un llamamiento al sentido de la equidad, algo que hemos disipado de la faz de la tierra.

La búsqueda de esa justicia distributiva es crucial, como lo es la justicia retributiva, para reducir el riesgo de malestar social que nos invade. Despojémonos de miedos y no nos dejemos intimidar por pedestales poderosos. Juntos, no sólo podemos, debemos hacerlo en pro de un desarrollo humanitario para todos. Por ello, la humanidad necesita trabajar más por el bien común, otra de las cuestiones que también se han perdido, y esos bienes en común deben ser suficientemente abundantes para satisfacer las necesidades básicas de todas las personas. Para lograr este objetivo, los gobiernos han de inducir a las clases más pudientes (y no al revés como viene sucediendo con el tema de la actual crisis financiera) a aceptar por razón de bien común, las cargas de ciudadanos que se han empobrecido, para que lo básico -como puede ser una vivienda- no les falte.

El caso de muchos indigentes muertos en España merece una reflexión. ¿Dónde está la justicia distributiva que permite que la gente se muera de frío, en plena calle, porque no tiene casa en la que poder cobijarse?. Ante estas realidades, ¿podemos quedarnos de brazos cruzados?. Hoy más que nunca, debido a la gravísima crisis económica que azota al planeta, exige que los que tienen grandes fortunas, aunque sólo sea por pura conciencia, contribuyan a acrecentar ese bien general en beneficio de los más débiles. Sí aspiramos a tener una convivencia realmente pacífica tenemos que cuidar estas cuestiones de justicia distributiva. Sirva, pues, la festividad del Día Mundial de la Justicia Social ( 20 de febrero), para renovar el compromiso de lograr una transformación más justa, en nuestros modos y maneras de vivir.

Precisamente, esta crisis financiera económica y global, debe impulsarnos hacia un mayor control de la justicia distributiva, que si en verdad se hace justa, contribuirá a reducir los riesgos de descontento, delincuencia y violencia que nos asedia. Por desgracia, cada día son más las personas que carecen de una protección social adecuada y las injusticias son cada vez mayores, aumentando de este modo el número de personas pobres, vulnerables y marginadas.

Habría que recapacitar sobre el motivo de tantas injusticias y de dónde vienen. En parte nacen de nuestra propia visión desordenada, de nuestros desequilibrios, de la poca humanidad que cultivamos, de nuestro deseo de ser autosuficientes, de las propias estructuras creadas por nosotros sin un consenso moral. Por eso necesitamos rescatar y reafirmar los valores humanos, llegar al fondo del propio corazón de cada uno para renunciar al interés personal y amparar  mucho más el interés social. Está claro que la paz construida sobre la injusticia social y el interés ideológico, jamás podrá convertirse en nada armónico y duradero. El día en que seamos un único pueblo, unido en un único afán de crecer todos, la justicia será un valor sin fronteras y la paz una realidad sin frentes.

¡Qué mejor modo puede haber para promover la justicia distributiva, y para que opere la justicia retributiva (o reparadora del mal), que mejorar las relaciones Norte-Sur, Este-Oeste! Necesitamos romper la cadena de tensiones. Comenzaría por los políticos, a los que les pediría se formasen en el interés social de servicio, y tuviesen fecha de caducidad, para no caer en la política profesionalizada de los grandes beneficios (personales o partidistas). A las gentes de negocios y a quienes son responsables de las organizaciones financieras y comerciales, les pediría que pusiesen el dinero al servicio de las personas, y no las personas al servicio del dinero, para desterrar del planeta el verídico dicho de que "poderosos caballero es don dinero". Que sean las personas quienes abren todas las puertas y no sus caudales. A todos vosotros, y a mí mismo, no les pediría nada, me animo y os aliento ardientemente a perseverar en la solidaridad y en el diálogo sincero. Es hora de compartir y de vivir con la conciencia de formar una sola familia, bajo el auténtico apoyo de una justicia redistributiva, sabiendo que ésta descansa en dos máximas: la sustracción que a uno no le pertenece es punible (justicia retributiva) y la cosa sustraída es sagrada por ser de todos. Sean justos al redistribuirla o gestionarla. 

Víctor Corcoba Herrero

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