Victor Corcoba

Es cierto que el bravío huracán de aires traicioneros campea por todas las naciones, negar la evidencia sería absurdo, puesto que los puñales en las sonrisas de los seres humanos llamean como los relámpagos de aquí y de allá, de norte a sur, de este a oeste. Dicho lo anterior, resulta asimismo innegable que el libro de las palabras, de los hechos, impreso por Naciones Unidas a lo largo de su devenir, se alza como un astro ardiente,  fruto de su trabajo por el planeta y sus gentes, para “nosotros los pueblos”.  Decía Quevedo que “sólo el que manda con amor es servido con fidelidad”. Creo, sinceramente, que la familia de las naciones, aglutinadora de todas las culturas y nacionalidades, marcha bien por el respeto y la aceptación recíproca, que son la clave de un lenguaje amoroso. Hoy, la citada organización, se asemeja a una casa de la poesía en lugar de una mansión de poder, donde todos sus miembros caminan en la misma dirección, en dar fuelle a la paz como auténticos exploradores de la justicia, en cooperar y asistir a mundos y personas desvalidas. Es para confiar, por supuesto que sí, en Naciones Unidas. A sus proezas me remito. Ella, por si misma, presta más ayuda humanitaria que ninguna otra organización y en los asentamientos más arduos.
 
Coincidiendo con la celebración del día de las Naciones Unidas, el 24 de octubre, reconoce el Secretario General,  Ban Ki-moon, que “la gente espera de las Naciones Unidas que acabemos con la pobreza y el hambre, que mantengamos la paz, que ampliemos la educación y que defendamos los derechos humanos en todos los rincones del planeta. Esperan que pongamos fin a la proliferación de armas mortíferas y la propagación de enfermedades mortales, y que protejamos a las personas y las famillas víctimas de desastres. En diciembre, esperarán de nosotros que sellemos un acuerdo global, equitativo y ambicioso sobre el cambio climático que nos proteja a todos y que allane el camino hacia una economía más ecológica y más sostenible”. Todos, en el mundo, tenemos necesidad de revisar nuestras expectativas para con Naciones Unidas. ¿Quién es Naciones Unidas para mí? ¿Qué es lo que me ha ofrecido? ¿Puedo fiarme de sus promesas? Ya Descartes, en su tiempo, dijo que era prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez. No es el caso de las Naciones Unidas que encarnan la aspiración y la expresión de la esperanza –la esperanza del bien es ya un gran bien-, avivando amor en amores imposibles, activando un hogar en el planeta e injertando comprensión en cada paso. Ganaremos confianza todos junto a todos, si en verdad cultivamos la persona por lo que es, la nación por lo que representa, la especie para perpetuar la especie. Al final, o nadamos juntos o nos hundimos.
 
Debiera ser importante para todos nosotros la palabra de este movimiento mundial, el de las Naciones Unidas, que es la voz de cada uno de nosotros. Desde la alta tribuna de la organización se pueden medir los avances conseguidos hasta ahora, no sólo por el progreso científico o técnico, sino al mismo tiempo, por la primacía de los valores humanos y por el progreso respetuoso con la universalidad de los derechos humanos. Evidentemente, unidas las naciones en Naciones Unidas se pueden valorar más y mejor, en la verdad y en la justicia, todos los problemas de la humanidad y todos los interrogantes del hombre. Por desgracia, el ser humano vive más en el mundo de los valores materiales que en el mundo de la conciencia crítica. Le da igual que el viento ría soplando sobre el espejo de una fuente, que llore amargamente vaciándose de vida. Tantas veces nos domina el jinete de lo inhumano, que la belleza considerada como la manifestación  sensible de la idea, cuesta hallarla y hallarse con ella, tanto como una aguja en un pajar. En nuestros días, Naciones Unidas sigue hablándonos y hay que responderle. No se puede mirar hacia otro lado y cada nación está bien que promueva sus intereses, pero en función del bien común mundial.

La autoridad mundial de Naciones Unidas debe imponerse en todo el planetario, máxime en un mundo cada día más abestializado que para nada considera el lamento de los grillos. El mandato social que propicia esta organización como propósito de unidad, en nombre de los vulnerables, impotentes e indefensos, lleva consigo un preciso y precioso orden ético y moral de las cosas, lo que exige fidelidad absoluta en la unidad de acción, si queremos hacer de nuestro hábitat una casa común. Y en este medio ambiente, quien bien gane, bien gaste, pero no malgaste energías que son de todos y de nadie. Naciones Unidas explicita el buen hacer y mejor decir: “Nosotros los pueblos… unidos por un mundo mejor”. Para conseguir ese otro mundo posible, sin duda, es indispensable que se instaure una mayor lealtad de todos entre todos y hacia esa familia de naciones de la que formamos parte. Ahora debemos poner en práctica toda esta literatura, que no se quede en una utopía irrealizable, desde la convicción todo es posible. Frente al aluvión de sufrimientos, debemos recuperar la visión de lo que implica la familiaridad y fidelidad; para poder visionar más allá del dolor y del miedo, otros horizontes sobre el libro abierto de la vida, y así, sentir con más fuerza latir el corazón humano, que como bien dijo Quevedo, “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”. Aprendamos, pues, que en la variedad está lo único y la unidad es la ley suprema de la existencia. Unidas las Naciones, libres y en autenticidad, volverá la poesía a ser lo que es y el hombre a ser el poeta que nunca debió perderse y mucho menos esclavizarse. 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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