Victor Corcoba

El cambio es la única cosa inmutable. Lo dijo el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, y no le faltó razón. Las causas de esa variación permanente son muchas y diversas, tantas como culturas y entornos. El mismo cambio climático enciende el candelabro de un mundo cambiante. Casi siempre hay un cierto temor a esas mudanzas. ¿Por qué se ha de temer a los cambios si la vida por si misma ya es una mutación constante? Seguramente, con otro tipo de actitudes y propuestas, dejaríamos de tener recelo. No hay porque tener miedo si se promueve  un desarrollo pleno y humano, no sólo social y económico, sino también anímicamente ético. Es tan justo como preciso, encontrar un camino común, el de la solidaridad para poner remedio y consuelo a todos aquellos que sufren la inmoralidad del abandono, de la exclusión.

Nos deberían guiar los principios de responsabilidad, en cuanto a relación inseparable entre mundo y desarrollo. Así, mientras en una parte del mundo los niños están esqueléticos, en Europa la obesidad infantil es un problema creciente. Frente a estas realidades de niños con sobrepeso o desnutridos, está claro que debemos hacer algo ya. No podemos seguir de espectadores, como si el mal sólo afectara a los demás, porque en esta vida todos somos actores y en activo. Nadie está libre de nada. Por desgracia, todo lo vemos superficialmente. En un bando las personas son objeto de consumo. En el otro,  las personas son objeto de indiferencia. El nuevo mundo que está naciendo ha de considerar estos desajustes y reconstruir nuestro yo interior de valores humanos. De una vez por todas, hágase valer.

Avive, pues, el candelabro del cambio, pero con el cambio de mentalidad, que el mundo no es para sí mismo, sino para todos. Hay que situar las cumbres entre naciones por encima de la política y también hay que asentar los derechos humanos como faro en todos los caminos que conducen al hombre. Hemos de medir los derechos por su deber y elevar la honradez a la cúspide de la acción. Falta nos hace. La epidemia de sobornos que el planeta sufre viene alcanzando un ritmo reproductivo endémico verdaderamente alarmante. Contra doquier corrupción, en suma, hay que plantarse antes de que todos acabemos dominados por ella, formando parte de un espíritu corrompido en el que no cabe la dignidad. Llegado a este punto, la receta del escultor Eduardo Chillida, puede sanar todos los males: “Un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo”. Saludable diagnóstico, piensa servidor.


 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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