Pasados 70 años de la rendición alemana, se vislumbra por un lado la progresiva desaparición de testigos y huellas, y por otro, la facilitación de una perspectiva histórica más proclive a analizar desapasionadamente la primera guerra total de aniquilación, cuestionando algunas simplificaciones populares. La heroica imagen de la invencible Wehrmacht y del incansable ejército rojo se empaña cuando se recuerda la funesta impronta de los dictadores a los cuales obedecían.

Los participantes de la Segunda Guerra Mundial mostraron en sus acciones el posicionamiento ideológico de cada uno. Era innegable lo descomunal de la tarea, pero el sacrificio soviético, en cierta medida, no fue más que el naturalizado desprecio por el individuo promovido por Stalin y por la certeza colectivista del régimen, lo que se refleja en la abundancia de muertos. Más importante que el riguroso invierno para el éxito final fue la inagotable carne de cañón.

Enfrente, la violencia institucionalizada del militarismo machista, racista y nacionalista fue, paradójicamente, una aspiración internacional con diferentes denominaciones y estilos, que en tierras germanas encontró su máxima expresión, pero Alemania no combatió sola contra el mundo, contó con Japón al mismo nivel, y con Italia, que aun siendo una potencia no poseía las mismas cualidades bélicas. Luego hay que sumar los satélites que lucharon en mayor o menor medida junto al Eje, como la Francia de Vichy, Austria, Rumania, Hungría, Finlandia, Bulgaria, Eslovaquia y Croacia, además de los miles de voluntarios y colaboracionistas. Por último, es necesario mencionar a los estados económicamente funcionales como Suecia o Suiza y a los países potencialmente aliados, que solo se hubieran decantado con indicios más continuados de un probable triunfo, como fueron España, Argentina o Portugal.

El Tercer Reich no tenía un ejército indestructible y lo reveló desde el principio, si bien disfrutaba de más ventajas técnicas y de preparación que muchos de sus enemigos, junto al terror táctico que le brindaron la Blitzkrieg y los especialistas exterminadores de las Waffen-SS.

Con estas características, el Eje compensó la inferioridad numérica, sin embargo, el empecinamiento fanático, la visión jerárquica de los pueblos y el nacionalismo extremo, causaron una carencia de coordinación, ejemplificada en Pearl Harbor, y una falta de disposición a ofrecer beneficios a eventuales socios, lo cual debilitó las posibilidades de una guerra mucho más pareja y de conseguir la victoria final.

La incesante bibliografía y la insistente cinematografía seguirán siendo las iliadas de nuestra terrible guerra de Troya, para intentar entender esos 6 años de sangre, sudor y lágrimas de aquella épica y atroz conflagración que quedó atravesada en la historia como un posible punto de inflexión y como perpetuo patrimonio pedagógico de la humanidad.

Augusto Manzanal Ciancaglini  (Politólogo)

 

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