La Europa de la crisis ha engendrado dos neologismos: Grexit y Brexit, los cuales se refieren a la posible salida de Grecia y Reino Unido de la eurozona y de la Unión Europea respectivamente.

Planes de ruptura en planos diferentes de magnitud y de motivación, que hoy se distancian también en la capacidad de concreción. La reina ya señaló el 2017 como el año del referéndum sobre la permanencia o la desvinculación británica. Pero más allá de los límites peligrosos que a David Cameron le gusta transitar -recuérdese el antecedente de la consulta escocesa-, la amenaza con la marcha es un arma arrojadiza que difícilmente llegue a manifestarse como un hecho, ya que es una decisión muy enredada en multitud de actores.

Sin discutir los evidentes éxitos obtenidos, la Unión Europea ha quedado en un limbo estructural sobre una bifurcación de velocidades económicas, no es un estado ni una organización internacional, sino que una entidad supranacional que apenas detenta una fina primacía administrativa y una potestad no tan autónoma sobre la política monetaria. Lo que se expresaba como una novedad institucional, hoy se está transformando en un engendro estancado y descoordinado que ha disminuido la intensidad de su despareja ampliación y que se reciente en progresivos bríos centrífugos.

Hubo un tiempo en que en el viejo continente imperó la realpolitik, es decir, el pragmatismo ejecutado por la diplomacia en pos de un equilibrio de poderes, luego en el siglo XX, adquirió preponderancia la weltpolitik, que a través de la carrera armamentística, hizo desembocar al continente en la Primera Guerra Mundial.

Hoy parece desarrollarse otra doctrina, que tiene que ver más con el reparto de poder entre Bruselas y los estados miembros, en el cual la certeza del beneficio de la integración se contradice con la pretensión de máxima conservación posible de soberanía. Este actual bloqueo de intereses se podría denominar como tauziehenpolitik, lo que se traduciría como una política de tire y afloje.

En el contexto de la globalización, la abulia que genera esta estrategia es una garantía de inestabilidad que los mercados castigan en permanentes pequeñas dosis, en un círculo vicioso que evita que se salga totalmente de esta prolongada crisis.

La gran respuesta a la convocatoria del referéndum británico puede venir a partir de julio de 2017 en forma de apertura de los tratados para darle vida a un seguro de desempleo común, una unión bancaria y fiscal, junto a la creación de un fondo monetario europeo. Dado el riesgo de seguir perdiendo influencia global, podría ser la última posibilidad de prevenir que el término más representativo de la realidad continental sea el de Europexit.                                                                                                              
                                                                                                               
Augusto Manzanal Ciancaglini
Politólogo

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