Victor Corcoba

Lo peor que  nos puede pasar es que se globalice el terror, la incivil lucha que a nada conduce y a nadie salva. Las naciones tienen que frenar los vínculos internacionales del terrorismo. Creo que es el primer deber, si en verdad queremos construir una convivencia sólidamente justa y serena dentro de la familia humana.  De lo que se trata es de globalizar la paz, y lo primero y prioritario ha de ser promover una educación mundial inspirada en el respeto por la vida de la persona, en toda circunstancia y país. En lugar de abrir las puertas para prácticas terroristas, avivando los campos de adiestramiento para el mal, los países tienen que tomar la iniciativa de condenar públicamente estas acciones y tomar la opción pacificadora de las relaciones entre los seres humanos. Debemos trabajar todos unidos, cada uno desde su puesto en la sociedad, y hemos de hacerlo para eliminar de los corazones el rencor y oponernos por principio a toda manifestación de violencia. Lo que se consigue con intimidación, solamente se puede mantener amedrentando. El buen juicio no precisa coacción alguna. Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego, dijo Mahatma Gandhi. Cuando nos parece haber descubierto tantas cosas, resulta que todavía no hemos hallado el auténtico camino del diálogo, el único que nos puede traer serenidad en un mundo cada día más convulso.

No podemos acostumbrarnos que a diario, en alguna parte del mundo, se siga sembrando el terror y se active el odio. El terrorismo no sólo hay que condenarlo en todas sus formas, que también, pero hay que desarraigarlo de la vida, disuadirlo de toda cultura y civilización. Sólo así se puede poner en valor algo que debe ser de todos y para todos, los derechos humanos. Hay que establecer acuerdos y pactos para poner orden en el planeta. Si queremos un mundo en paz, propiciemos un mundo justo con la fuerza del derecho, no con el derecho de la fuerza, y fabriquemos más escuelas que armas. Por desgracia, la gran asignatura pendiente es la unidad del género humano. A estas alturas de la civilización, la verdad que cuesta entender que todavía haya países que apoyen a los sembradores del terror, en vez de pelear por la justicia. Los datos ahí están. Treinta y dos Estados miembros de la ONU reportaron casos de mutilaciones de estudiantes, reclutamiento forzado de niños soldados y terroristas suicidas cuando se dirigían a su escuela. Estos datos fueron presentados en un informe de la UNESCO el pasado mes de febrero en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York. El estudio, titulado “Educación bajo ataque 2010”, documenta además desde casos de tortura o asesinatos de maestros y académicos hasta la destrucción total de centros de aprendizaje. Desde luego, no hay educación si no hay paz que transmitir, como puede ser una mayor estima hacia las grandes tareas pacificadoras de hoy, que con tanto afán y desvelo proponen algunos organismos internacionales.

Dejarse llevar por la globalización del terror es abrir de par en par las puertas al abismo del mal.  Con el miedo todo resulta posible, incluso lo más ilógico. Se habla de la humanización de las mascotas y se deja a la deriva la humanización del ser humano. Se habla de espíritu trepa y se deja en el olvido lenguajes de paz. Se habla de conciencias vengativas y se engendra odio a raudales como si no fuese una mezcla explosiva de maldades, donde la hipocresía mundana es timón. Sin duda, hay que romper de una vez por todas las cadenas inmorales de la provocación y de las represalias. Las autoridades políticas no pueden callar ante actos violentos. Han de actuar como lo han hecho recientemente representantes musulmanes y católicos del mundo en una histórica declaración común para rechazar la manipulación de la religión con el objetivo de justificar intereses políticos, la violencia o la discriminación. Su hoja de ruta es bien clara y convincente: “oponerse con determinación a cualquier acto que tienda a crear tensiones, divisiones y conflictos en las sociedades; promover una cultura de respeto y del diálogo recíprocos a través de la educación en la familia, en las escuela, en las iglesias y en las mezquitas, difundiendo un espíritu de fraternidad entre todas las personas y la comunidad; oponerse a los ataques contra las religiones por parte de los medios de comunicación social, en particular, en los canales de satélite, teniendo en cuenta el efecto peligroso que estas declaraciones pueden tener en la cohesión social y en la paz entre las comunidades religiosas”. Ya lo advirtió Voltaire, que “la religión mal entendida es una fiebre que puede terminar en delirio”.

Lo que tiene que hacer el mundo es despojarse de guerras psicológicas, como la que se pretende globalizando el terror. Lo que hace falta es universalizar la solidaridad y la justicia, y será cuando llegue a la estación de la vida, la ansiada paz. Está visto que estos sembradores del terror se dan por doquier y no deben vincularse sus hazañas a ninguna religión, nacionalidad, civilización o grupo étnico. Son lo que son: labriegos del mal, plantadores de crímenes, fanáticos de guerras que deshonran al ser humano; a los que le repele subirse a una cultura de vida, de tolerancia y respeto a las creencias. El mundo, hoy más que nunca, necesita liberarse del miedo al riesgo y la única manera de conseguirlo es promocionando la seguridad colectiva. Por eso, la respuesta de la familia humana frente a los que quieren integrar o incluir en un planteamiento global luchas armadas, tiene que ser suficientemente firme y efectiva, con la aplicación del imperio de la ley que protege la dignidad y la libertad de las gentes.
 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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