Victor Corcoba

Cultivar la tierra es tan antiguo como el hombre, enhebra su cultura inherente a los buenos fondos y formas, al conjunto de técnicas y sabidurías que exige el campo o tierra de labranza. Sin duda, el desarrollo agrícola es esencial, –siempre lo ha sido-, si el mundo quiere progresar de manera significativa y de modo sostenible. Desde luego, no hay otra forma de liberar a los miles de millones de seres humanos sumidos en la pobreza y en la inseguridad alimentaria. Tantas veces hemos infravalorado este sector primario, esencial para las necesidades vitales de las personas, que las consecuencias que se derivan de esta indiferencia, ya están repercutiendo en la vida, en la salud y en el equilibrio ecológico del planeta. Ahí están los múltiples retos, globalizados y globalizadores, el cambio climático, el avance en la conversión de residuos agrícolas y otros materiales orgánicos en combustibles y otros productos, como progreso de la bioenergía, y las limitaciones de los recursos naturales. No en vano, cada vida, cada sociedad, tiene el derecho a vivir de los frutos de la tierra y el deber de labrarla en justo uso, que no en abuso, como tantas veces sucede. El campo también está siendo víctima de problemas morales, que habría que erradicar de inmediato. Un claro ejemplo, la cultura del consumismo irracional, del desperdicio continuo y permanente, que practican los países del mundo desarrollado, convertido en un estilo de vida popular, que tiene que cesar.

Europa debe decir ¡basta!, máxime teniendo en cuenta que la agricultura europea es un sector clave de nuestra economía. Dicho esto, considero una esperanzadora noticia que la Unión Europea abra un nuevo debate público sobre su política agrícola, lo que parece va a ser el preludio de una importante reforma en 2013. El llamamiento de la Comisaría de Agricultura y Desarrollo Rural, advirtiendo que la Política Agrícola Común es para toda la sociedad, no sólo para los agricultores, en la medida que afecta a muchos de los problemas actuales, debe cuando menos hacernos reflexionar. A veces nos falta tiempo para pensar, pero hemos de buscarlo, porque las ideas compartidas son más enriquecedoras. Todas las gentes del planeta tienen una responsabilidad cooperada en algo tan significativo como el sector agrícola, motor esencial para garantizar alimentos suficientes a sus ciudadanos. Por desgracia, en el mundo hay más artefactos que maquinaria agrícola. Evidentemente, no le demos al mundo armas, porque las utilizará, y se volverán contra nosotros. Mejor prioricemos la vitalidad del campo, su cultivo de manera racional y eficiente, pongamos en valor el sector agroalimentario tan incomprensiblemente castigado en ocasiones. No se puede obviar que la actividad agrícola, aparte de ser un generador de empleo, es también una fuente de las energías renovables que a todos nos interesa potenciar.

No tiene sentido, pues, que la política agrícola común (PAC) europea se haya convertido en una cuestión exclusiva de expertos. Por cierto, una encuesta reciente del Eurobarómetro muestra que la mayoría de los europeos no saben realmente lo que es. Ahora nos dicen que esta tendencia se va a invertir. Nunca es tarde si la dicha es buena. Ciertamente estas políticas hay que discutirlas todos con todos. Ya se sabe que es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla como ha sucedido en la mayoría de las ocasiones con el PAC. Hay que poner oído a las reacciones y pensamientos de los agricultores y los profesionales y también de las asociaciones de protección del medio ambiente, consumidores y grupos de bienestar animal, de todos los que trabajan en el sector de la seguridad alimentaria, del desarrollo sostenible y rural… Las preguntas no son baladíes: ¿Por qué necesitamos una Política Agrícola Común europea y qué nos mueve a reforzarla? ¿Cómo aglutinar los objetivos de la sociedad con la diversidad agrícola? ¿Qué herramientas se necesitan para la política agrícola común del futuro?... Cada uno de estos interrogantes plantea a su vez otras incógnitas y otras cuestiones, lo que subraya la importancia de escuchar con atención la pluralidad de razonamientos de los afectados, que al final como ya dije somos todos.

Por otra parte, creo que la familia rural, en su conjunto del mundo mundial, necesita recuperar su legítimo lugar en el corazón del orden social. El lecho de la consideración no es de rosas, más bien es un campo de batallas endémico totalmente absurdo y arcaico. En casi todos los países, a las gentes del campo se les sigue castigando con peores servicios sociales y falta de infraestructuras. Multitud de caminos intransitables aumentan los costes de producción agrícola porque no llega transporte público alguno. El enfoque de género todavía no ha llegado al sector agrícola. Al respecto, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación  (FAO) acaba de lanzar un llamamiento para disponer de datos fiables sobre hombres y mujeres agricultores para un desarrollo rural más eficaz.

Con demasiada frecuencia, asimismo, los agricultores de las naciones en vías de desarrollo, son explotados y su producción se desvía hacia mercados lejanos, con poco o ningún beneficio económico para la propia comunidad local. Aún la historia reciente agrícola sigue marcada por un diluvio de injusticias sociales. Los salarios agrícolas son de los más bajos. Las grandes posesiones rurales apenas se cultivan, están más bien baldías para especular con ellas, cuando lo que deberían incrementar es su producción agrícola para responder a la escasez de alimentos de personas que no tienen tierras o, si las tienen, son demasiado pequeñas. Todo esto genera multitud de conflictos y violencias que deberíamos atajar. Tampoco Europa está a salvo de estos desmanes. Sin duda, toda la especie humana debería pensar más en el imprescindible mundo agrícola, en su gestión y en la valía de sus cultivadores, porque son la fuente misma de la comida en nuestros platos.

 

 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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