El Brexit ha ganado y, si realmente se hace efectivo, algunos auguran una catástrofe económica y un efecto domino disgregador en Europa a través de referéndums descontrolados en países euroescépticos como la República Checa. Todo al mismo tiempo que Reino Unido se despieza como Yugoslavia.

Por otro lado, surge un punto de vista más optimista en donde la Unión Europea, liberada del lastre británico y con la negativa imagen que está dando la ruptura, como se ve, según recientes encuestas, en el crecimiento del europeísmo en los países nórdicos, aceleraría el camino hacia una verdadera federación. Simultáneamente, Gran Bretaña se consolidaría como cómoda bisagra o correa de transmisión entre Estados Unidos y Europa, es decir, como el nexo independiente de Occidente.

Pero hay un probable punto intermedio entre el desmoronamiento y la propulsión; un progresivo embotamiento más relacionado con la situación general de Europa que con el abandono británico, el cual a su vez tiene dos destinos: muerte por letargo o calma activa.

Después de los éxitos de Maastricht comenzó una década horribilis encuadrada entre referéndums, el “no” a la constitución europea en Francia y Países Bajos reforzó el robustecimiento de la burocracia y el anquilosamiento político liderado por Alemania. Sin embargo, el gran golpe fue la crisis económica y la austeridad; la subida de impuestos y la reducción del gasto público en pos de la estabilización presupuestaria para calmar a los mercados de deuda desnudó las estructuras complicadamente rudimentarias de la unión y las diferencias entre los miembros, dentro de un mapa poco racional y con el peso añadido de tener a uno de los socios más poderosos siempre con un pie afuera del proyecto común, cuya apatía se terminó de confirmar con el reciente referéndum.

Así, ha sido inalcanzable la materialización de consensos que permitieran la implementación más dinámica de eurobonos, tesoro europeo, presupuesto de la eurozona y unión bancaria, al mismo tiempo que el apuntalamiento, sobre una mayor democratización y homogeneidad, de la unión política.

El visto bueno por parte del Tribunal Constitucional alemán al Banco Central Europeo para la compra de deuda se podría traducir como una voluntad de cesión de poder. Ante el abandono total del Reino Unido y la célebre incapacidad germana de aglutinar bajo su hegemonía, tal vez, los países latinos aporten un poco más de ese liderazgo político históricamente más comprometido. Un mayor protagonismo de Francia, la principal vía de comunicación por su posición de poderoso enlace intercultural entre la Europa de Wotan y la de Júpiter, sin exagerar en su centralismo jacobino, puede fortalecer la auctoritas supranacional de Bruselas mientras se desembaraza del propio euroescepticismo.

Europa está demasiado fracturada, culturalmente, ideológicamente, generacionalmente, económicamente y sentimentalmente, y más allá de la ampliación de los canales de interrelación a través del contrapeso político romance a la locomotora económica germánica, tantas fronteras solo se pueden traspasar llevándolas hacia las más reales, las únicas con la independencia capaz de facilitar una consagración europea superadora de la dicotomía entre el amparo del nacionalismo emocional y la racional interconexión continental: las individuales.

Augusto Manzanal Ciancaglini
Politólogo

felix 359 1

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