Benito González

Este libro nace del  deseo del autor por dar a conocer a sus paisanos la historia de Rodanillo. Comenzó a hacerse realidad cuando, en una visita al Archivo histórico provincial de León para otros asuntos, terminó hablando con la Directora de la supuesta imposibilidad de escribir un libro sobre un pueblo pequeño  por la ausencia de información. Ante su extrañeza, en apenas unos minutos la Directora puso en sus manos el  censo de 1785 realizado por Floridablanca, en el que constaban los habitantes de Rodanillo y los nombres de los cabezas de familia.
 

Este detalle, casi anecdótico, y unas palabras de ánimo fueron el inicio de numerosas jornadas de trabajo en aquel archivo, el diocesano de Astorga, el de la Chancillería de Valladolid y algunas más en el Archivo Histórico Nacional. La documentación encontrada superó ampliamente todas las expectativas.

La historia de Rodanillo-aquélla de la que se puede dar fe- comienza en el año 1085 con motivo de la disputa de una viña entre García Ferriz, vecino de Rodanillo, y el monasterio de Santa Marina de Montes. Ganaron los frailes.

Los pleitos, unos ganados y otros perdidos, constituyen a lo largo de este libro una fuente importante de información. Los  de hidalguía nos muestran la tenacidad con que los hidalgos defendían  el muro casi infranqueable que les separaba de los pecheros;  los litigios por la dehesas de Moirán   y Castañedo  frente a los de Santa Marina del Sil sacan a la luz la desproporción entre los medios empleados por unos y otros y la extensión del terreno defendido. También se atrevieron con el clero y pleitearon con el párroco ante el Obispado por el lugar donde debía celebrarse el concejo. Vanos fueron los intentos del cura ante un pueblo que se aferró a sus derechos de “tiempo inmemorial”.

Retomando el hilo cronológico de los acontecimientos, la historia de Rodanillo discurre rápidamente por los tiempos oscuros de la edad media e incluso en el periodo siguiente hasta el siglo XVII.

Se hace más densa en los siglos XVIII y XIX en asuntos como la parroquia, la desamortización eclesiástica y la estirpe de los Vega.

Portada del libro La  parroquia era de patronato laical; el párroco era elegido entre los candidatos presentados por cinco patronos o voces: el concejo de Rodanillo, la Señora de Lagunas de Somoza, el convento de Santo Domingo de Tábara (Zamora), el poseedor del Señorío de Cubillos, y los Rodríguez de las Casas Blancas de los Barrios Y Cubillos. Están documentados los nombramientos de los párrocos  desde el año 1625 hasta 1885.

Por su derecho de patronazgo el  concejo de Rodanillo percibía del párroco el día de San Esteban de cada año 1.200 kg. de trigo y el vino que los vecinos moderadamente pudieran beber desde la salida de misa hasta la puesta del sol.


El capítulo de la desamortización documenta  las ventas de las fincas que poseían Rodanillo los conventos de Nuestra Señora  de la  Peña (Congosto), de Santa María Magdalena de Cerezal (Cerezal de Tremor), San Andrés de Espinareda, sin olvidar los bienes pertenecientes a las cofradías religiosas y los bienes del común del pueblo.

Pero es en el siglo XX, con la narración de hechos contemporáneos, donde el  ritmo del libro se acelera y la narración comienza a oler a humo de hogar y casa natal, hasta llegar a fundirse la historia de los acontecimientos con los recuerdos del autor. Se intuye un  mundo rural que Benito González identifica con el lento caminar de los bueyes hacia el pasto, los balidos de las ovejas al oscurecer, el incesante de transitar de los carros cargados de mieses, los toques de las campanas y tantas tareas cotidianas y entrañables hoy desaparecidas.

De la mano del autor caminamos por las calles de Rodanillo, nos enteramos de la historia de las casas principales, oímos el discurrir de las aguas desde la sierra de Moirán hasta los grifos de los hogares, proyecto faraónico para el pueblo, que colmó  una sed de siglos. El agua llegó a golpe de pico y pala, con el sudor de la frente de los vecinos de Rodanillo.

Asunto especialmente querido para el autor es el relativo a la construcción de carros, actividad que tuvo un peso importante en la economía del pueblo, llegando a constituir las señas de identidad del mismo. Por ello se conoce  Rodanillo como “el pueblo de los carreros”, o “el pueblo de los carros”. 


Autor y editor: Benito González González

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