Odonel pumpum ha recopilado las piezas

En un momento en que la sociedad ha evolucionado hasta tal extremo que el sector primario está prácticamente automatizado, la recuperación de los útiles que hace no muchos años se empleaban para trabajar el campo comienzan a ser piezas de valor. Así lo ha visto Odonell Álvarez Fernández, de 78 años, un vecino del pueblo de Tedejo, en el municipio de Folgoso de la Ribera, que a lo largo de su vida ha ido recuperando los utensilios que antepasados y coetáneos empleaban para los trabajos agrícolas y ganaderos. Ahora, en un pequeño espacio de su propiedad, las más de 120 piezas forman parte de un museo privado que cede al pueblo de Tedejo para que aquellas personas que sientan interés por conocer algo más de nuestra historia y la de los pueblos vinculados al campo, puedan ver con sus propios ojos cómo ha cambiado la forma de trabajar.

¿Quién le iba a decir a Odonell hace 70 años que aquellos utensilios podrían tener algún día un valor histórico? Una pregunta que contesta con sentido de humor: “en mi juventud me llevaba muy bien con San Isidro”, patrón del campesino, “pero cumplidos los 18 años nos peleamos y decidí abandonar el Santo dando un nuevo giro a mi vida”. Se hizo ferroviario. Pero aquella buena relación con San Isidro no quedó del todo abandonada. “En mis frecuentes visitas al pueblo observaba cómo aquellas herramientas que me recomendaba el Santo me las iba encontrando paso a paso, y decidí ponerles orden”. Lo cierto es que, al margen de misticismos, aquellos herrajes y útiles fueron ocupando un lugar en su casa hasta completar una valiosa colección formada por yugos, palas, picos, rastrillos, carretas, cestas, cubas, y otros muchos, algunos prácticamente desconocidos a día de hoy.

En algunos casos dejaron de usarse en el siglo XIX, como una cardadora de lino. “En el siglo pasado ya no se plantaba lino, así que dejó de utilizarse posiblemente en el siglo XIX”. Hay hilvanadoras artesanas; una espitera para secar las carnes colgándolas de los animales despiezados colgándolas en la despensa, que veía usar a su madre; palas muy antiguas, algunas que estaban abandonadas; fuelles para las viñas; o grandes cestas para recoger la uva, muy modernas para la época. Todo ello con su correspondiente explicación rotulada.

Pero todo en su contexto: en un “mini museo”, dice Odonell, que en su momento empleó como almacén de aperos, ubicado en el pequeño pueblo de Tedejo donde sus pocos vecinos aún mantienen un vínculo con la agricultura, y en las inmediaciones de su casa, su vivienda restaurada que mantiene todos sus valores rústicos. Cualquiera puede visitar este museo, el propio alcalde pedáneo se encargará por las tardes de mostrarlo. Cualquiera en el pueblo puede decir cómo llegar, como ocurre en las pequeñas poblaciones. Pero a buen seguro el mejor anfitrión será su dueño, que las dos veces por semana que llega a Tedejo desde León  (donde se evade del trabajo que dedica al pueblo, siguiendo las recomendaciones del médico) explicará con sus vivencias lo que fue para él el campo y su pueblo. Y cómo no, para que los escolares y los más pequeños no pierdan estos conocimientos.

Y como él dice, gracias a San Isidro, que siempre le recomendó lo mejor para que en el futuro no se olvidase nadie de cómo hubo que trabajar para conseguir lo que hoy tenemos. Porque sólo así, con el conocimiento de la historia que nos toca más de cerca, sabe que podemos conocer un poco más de porqué somos como somos.

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