En 1792 Jovellanos se hospedó en el monasterio de Carracedo e hizo el inventario de su fantástica biblioteca, antes de que las tropas de Napoleón dieran cuenta de sus anaqueles y quemaran cientos de incunables y tesoros bibliográficos para calentarse en el crudo invierno de 1809, que los libros, ya se sabe, han de servir para algo. De aquella biblioteca digna de El nombre de la rosa, sobrevivieron algunos manuscritos y hojas sueltas, fragmentos de clásicos griegos y latinos, que el viento quizás sembró a la redonda: algo así debió ocurrir porque, de no ser por esta sementeira, no hallo explicación científica a la abundante cosecha de escritores, ensayistas y poetas nacidos en diez kilómetros a la redonda de aquel monasterio desde el que Jovellanos contemplaba Las Médulas.

De Cacabelos a Villadepalos, pasando por Carracedelo, la cosecha es espléndida: José Castaño, Raúl Guerra, los artistas José y Rafa Sánchez Carralero, los poetas Fermín López, Manuela López y María José Núñez, el historiador Carlos Fernández… La buena estrella de la editorial eBooksBierzo está, desde su nacimiento en el portal de Belén, uncida a un sólido núcleo carracedense: Miguel Ángel Fernández, que presume de ser de Toral; la filóloga Alida Ares, de Villadepalos; el ensayista y filósofo Aniceto Núñez, de Cacabelos; e incluso el editor Paco Macías, galaico de Lago, a orillas del de Carucedo, donde Gil y Carrasco meditó su futuro.

Me faltaba por conocer, entre los frutos de esta sementeira de la Ilustración berciana, a un autor de esos que no pululan por los círculos literarios ni reciben premios con canapés: Javier Prada. Somos casi del mismo pueblo, porque Villavieja y Rimor tienen lindes y caminos compartidos, y en sus palabras y expresiones oigo el eco de mi infancia. Somos casi de la misma generación, cuatro años arriba o abajo, crecimos sin internet, con televisión en blanco y negro, y curas poco caritativos. El hermano azar, que es generoso, quiso que hace poco tiempo conociera a Javier Prada, compartiendo una larga conversación en Cornatelia, de esas que prolongan el sabor en la memoria, en compañía de su mujer Seny, de sus hijos, y de su profesor de filosofía, o sea, Aniceto.

Cuento esto para situar cómo llegó a mis manos el libro Sementeira. Epístola a Pasqualino, y cómo, al encender por primera vez la chimenea este otoño, me senté junto al fuego y fui desgranando su rosario de palabras y memorias: cada palabra un recuerdo; cada recuerdo, una palabra nutricia y fundacional.
 

Cosmografía berciana

El libro, prologado por el doctor Antonio Pol, que ahonda en la importancia de la historia oral para “aprender a ser”, es una cosmografía berciana, a partir del microsistema suyo de Villavieja, como el mío de Rimor y San Román de Bembibre; y el de usted, amigo lector o lectriz, de su Toreno, de su Matachana natal, o de donde quiso la suerte sementarle.

El ensayo de Javier Prada es también un grito de guerra en defensa de la tribu (no solo de la tribu local de los carracedelenses y bercianos, sino de la tribu humana global, “2.000 millones de personas que hoy pasan hambre”): “Nuestros silencios, individualismos a ultranza, pasividad, obediencia ilimitada y el suicidio masivo de nuestras capacidades para la rebeldía, la acción conjunta, la imaginación y la creatividad, han hecho posible que nos secuestren la historia (…) Ya no sabemos nada, lo ignoramos todo de nosotros mismos, hemos perdido la cultura antigua… porque cuando una palabra o topónimo se muere, algo de lo más lindo de ese legado milenario, aprendido con nuestros primeros pasos, se va también para siempre”.

Sementeira se abre con una mirada geológica a la Hoya del Bierzo y sus terrazas fluviales, para desembocar, como los ríos que confluyen en Villadepalos, en el microcosmos de la toponimia familiar: la Güeira, Valía de Cantarín, fuente de la Moruca, Peña Teirín, mojón del Fabal, Ervedal, Chao del Gañán, Cimadevila, el Moreo, Os Escalois, Praos dos Lamazos…. la memoria de Javier es prodigiosa, cientos de lugares, en cada uno una zarza, una mora, una rodilla escalabrada, una flauta de caña, un beso escondido. Y luego, la genealogía bíblica de todos los abuelos bercianos: Herminio, hijo de Nicanor, hijo de Benilde, hija de Eudoxia, hija de Umbelina, hija de Samuel, hijo de…

Sementeira es un libro escrito con amor: a la tierra, a la madre naturaleza, a lo sencillo, a la memoria que somos y vamos siendo, revivida cada vez que recuperamos preguicias, pillarinas, billardas, alpabardas, trancavillas y empurriones.


Sabiduría popular

Me ha impresionado la reflexión de Javier Prada acerca de la pérdida de tanta sabiduría popular (pág. 120 y ss): nuestros abuelos y abuelas analfabetos, sin haber ido nunca a la escuela y sin una tablet donde consultar en Google cómo se hacen unos zuecos, sabían hacer de todo y sabían hacerlo bien: domaban el hierro en la fragua, moldeaban la madera que sabían cortar y cuándo, secar y cómo; hacían ollas de barro, cestos de mimbre, cuidaban colmenas o asistían partos de vacas, o de la vecina; leían en los labios de la luna, seleccionaban con celo las mejores semillas, esquilaban ovejas, hilaban lana, curtían pieles y hacían abrigos o capotes: un inmenso caudal de sabiduría aquilatada siglo tras siglo. Pocos niños sabrían hoy distinguir un madroño de una bellota, encontrar berros en la reguera, o uncir una pareja de bueyes.

Escrito desde la indignación contenida, pero sobre todo desde la ternura, como cuando recuerda a sus abuelos, “los cuatro murieron en casa de nuestros padres”: “Nexos fundamentales entre el pasado y el futuro; referentes para la complicidad y las travesuras; aldabonazos de caricias sobre las emociones infantiles, atizadores del fuego del hogar, paradigmas del arrullo cósmico…”

Quiero ser parte de esa Sementeira y te invito, lector amable, si aún no has olvidado el olor del humo en la ropa y el sabor del rocío en los labios, a que viajes de la mano de Javier Prada por la memoria berciana, es decir, universal, y recuperes “los olores del brezo, escobas, piornos, el aroma de la hierba segada, las cascadas de rosas en primavera, los perfumes del sabugueiro y la magarza, los barbechos teñidos de amapolas, el placer de los sentidos bajo un soto de castaños en flor, el croar de las ranas y los metálicos soñares de los alfonsinos, la vendimia con sus dulces evocaciones, el tamborileo de las nueces volteadas en solanas y corredores, la fiesta del vino nuevo con sus rondas y magosto, el ritual de la matanza con fiandones…”

Sementeira, de Francisco Javier Prada Fernández, con ilustraciones de Sarín, editado por @Cornatelius, 2009.
Casa Cornatelia

Valentín Carrera

 

 

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