El acebo y el ancla - Navidad 2009El solitario pescador, Antonio Galán, utilizó el pañuelo de cuadros azules que llevaba puesto en la cabeza, a modo de protección contra el sol, para limpiarse el sudor de su frente. El joven hizo visera sobre las cejas con su mano cuarteada por el salitre, y miró con los ojos entreabiertos la altura que tenía el despiadado sol por en-cima del horizonte. Decidió que había llegado el momento de regresar a puerto. Era más temprano que de costumbre, pero aquella tarde tenía una tarea ineludible que realizar en tierra, y por eso había resuelto pasar la jornada de pesca a escasas millas de la costa, más cerca aún de lo que la estricta orden de prohibición permitía. Por la mañana, antes de amanecer, rumbo al caladero, ya sabía que se arriesgaba a que la faena transcurriera con escasa fortuna. Nada nuevo, de todos modos, en estos tiempos de restricciones. Ahora que regresaba a casa sabía que sus temores eran fundados. Fueron seis robalos, tres sargos, dos herreras y cinco mojarras lo que había capturado con palangre durante el día. Escaso botín, pensó. Antonio calculó que apenas sacaría siete duros por los peces, y eso si se los compraban todos; claro que, del fruto de la venta, tendría que descontar el gasoil que había gastado y el coste de las escasas viandas que había llevado para alimen-tarse en la mermada jornada. Al final podían quedarle en limpio unas treinta pesetas. Menos que en un día normal. Pero se consoló pensando que, de no haber salido a la mar, las ganancias habrían sido nada. Y sabía que aquellos poco dinero que recibiera, junto con el resto de los ahorros que había en casa, iban a serle necesarios para el inicio de un futuro inmediato e incierto, lejos de su mar. 

Recogió los utensilios de pesca con la destreza y la rapidez que le habían dado los años de experiencia. Dedicó una pronta mirada de resignación a los peces que había capturado y, después de haberse santiguado, aceleró el motor de su barco, rumbo a la costa. La roda de la proa, empujada por los viejos y engrasados pistones del Perkins, se elevó un palmo sobre el agua, rompiendo la serenidad del océano; y a los diez minutos de navegación, Antonio divisó la silueta de la tierra del litoral andaluz recortándose contra el cielo azul, a mitad de camino para poder llegar a la bocana del puerto de la Albufera de Barbate, en Cádiz, su pueblo. 

A las cinco de la tarde de aquel martes, 31 de mayo de 1966, la calma se había ins-talado en el puerto barbateño. Soplaba una leve brisa de Levante, y todo parecía ocioso y baldío. Sólo aquí o allá se podía ver algún pequeño barco que se desplazaba perezosa-mente, sin aparente rumbo. En el suelo, de cemento deslucido, tirados junto a los bar-cos, veteranos pescadores arreglaban redes invisibles con unas burdas agujas de madera. Los perros dormitaban sobre las amarras, cubiertas por la arena que arrastra el aire. No se ven gatos, ni tampoco gaviotas; y es que a aquellas horas aún no hay pescado, y por lo tanto tampoco hay restos que comer. Antonio Galán tuvo suerte y pudo vender toda su pesca. Se dirigió a la taberna del puerto. Dentro los hombres se apalancaban en las me-sas que rodean el ventanal que da a la calle. Toman cafés, fuman y contemplan un mar inerte. En la profundidad invisible del agua la vida continúa. En tierra está ralentizada. En el exterior de la taberna la gente se desplaza con desgana. Un muchacho se sube a una bicicleta medio oxidada, lleva en una mano una bolsa por la que asoman unas colas de pescado y se despide con la otra. Un anciano, con una gorra de cuadros, orina contra la pared trasera de la taberna. Otro ata un perro en el interior de una de las casetas para pescadores que rodean el puerto. La gente, la poca gente que se deja ver a aquellas horas, se intuye desanimada, indiferente, y Antonio no es una excepción. Hace meses que las cosas no van muy bien por estas tierras para los hombres de la mar. Sus caladeros están casi todos en aguas de Marruecos y en noviembre del año pasado, las autoridades, dicta-ron una rigurosa orden prohibiendo las faenas de pesca dentro de las aguas jurisdiccio-nales marroquíes. Sería cosa de poco, dijeron los mandamases, pero ya habían transcurrido seis meses y todo seguía igual. Aquello apuntaba al inicio del fin de una cultura de pesca que se perdía en los albores de los tiempos. Todos lo pensaron, y ahora todos lo padecían. Escasez de pesca era sinónimo de escasez de recursos, y eso equivalía a tener que pasar necesidades, e incluso hambre. Todos lo sabían y se hacía palpable en el talan-te de la sufrida gente de la mar. Hasta hacía bien poco las cosas habían pintado de otra manera, todo el monte había sido orégano para ellos; se podía pescar libremente, sin limitaciones. Ahora se recordaba con nostalgia cuando sus abuelos bajaban hasta Aga-dir, o incluso hasta Kenitra, entre seis y doce horas de singladura desde el puerto de Barbate. Entonces los barcos salían los domingos por la noche y regresaban los viernes, con las tripas llenas: unos con docenas de cajas de hermosos boquerones, otros de res-plandecientes sardinas y los más, en temporada, con grandes atunes atrapados con el tradicional arte de la almadraba. Un buen botín, sin duda, para una semana de duro tra-bajo. Pero ahora todo aquello se había convertido en algo para recordar, y en un compa-rarlo con lo que estaba pasando. La incertidumbre y el temor reinaba en el ánimo de los curtidos hombres de la mar, que veían transcurrir las eternas jornadas de pesca con la escasa recompensa que les proporcionaba el pasarse las horas muertas, en la bahía de Cádiz, a escasa distancia de la costa, mendigando unos pocos peces al océano. Revivir los recuerdos de antaño y contar los problemas de ahora era la mayor ocupación de casi todas las gentes de la zona. Se hablaba de ello en las tertulias, en las casas de los pesca-dores, alrededor del puerto, en las calles del pueblo, entre los hombres y mujeres; en todos ellos se había instalado la inseguridad y el recelo. Pero para Antonio Galán había, además, otro asunto que le producía mucha más preocupación que aquella que tenía todo el mundo en Barbate. Era el inminente futuro que se estaba labrando a marchas forzadas. Y no es que, a sus veintiséis años, temiera enfrentarse a lo que se le pudiera poner por delante, no; lo que le producía desasosiego era el hecho de que en la suerte de tamaña empresa no se encontraba solo. Antonio estaba casado con Lola, una hermosa barbateña que se había criado dos casas más abajo de donde creció él, y que el infortu-nio unió, convirtiéndoles, a los dos, en huérfanos de padre el mismo día. Una galerna inesperada hundió el barco donde sus progenitores faenaban, y con la embarcación se fueron ellos para siempre a los abismos de la mar. Antonio y Lola eran padres de una niña: Carmencita, la niña de sus ojos y el motivo de sus aflicciones y sus padeceres. La niña tenía sólo cinco años de edad, pero habían sido cinco años intensos, penosos, para ella y para sus padres, sumidos, todos, en un atormentado valle de lágrimas, en una in-tensa sensación de angustia y desolación. Desde el mismo día de su alumbramiento su vida había sido un martirio. La primera bocanada de aire que robó al mundo hirió sus pulmones con la misma facilidad con la que el ácido sulfúrico deshace el papel. La co-madrona que atendió el parto se percató enseguida de que algo no iba bien; de que a la niña le pasaba algo, y la cosa era muy seria. Carmencita vino al mundo muy menudita, y tenía serias dificultades para respirar. La partera pegó su oreja al cuerpo diminuto de la niña y después de escuchar detenidamente sobre su pecho torció el gesto. Había com-probado que el latido del corazón de Carmencita no era regular. Al pronto pudo perca-tarse de que a los esfuerzos ímprobos de la niña por atrapar el aire para vivir le seguían síntomas de que los deditos de la recién nacida comenzaban a tornarse azulados, al igual que sus labios. La comadrona dio la voz de alarma y las mujeres que acompañaban a Lola en el lecho del alumbramiento, en su propia casa, salieron corriendo en busca del médico. Éste sólo pudo constatar el mal estado de la niña, y ante la gravedad del caso, él mismo se prestó a llevarla en su auto al hospital de Cádiz; pero antes de partir pidió a las abuelas de Carmencita que rezaran para que la niña llegara con vida. 

La niña permaneció ingresada en el hospital durante dos meses. El día que le dieron el alta, los médicos, sin ningún miramiento, hablaron con los padres y les dibujaron un cuadro nefasto de la situación de la pequeña, y le auguraron un futuro del todo deprimente. La enfermedad de la niña no tenía un tratamiento que la curara. Todo lo más que se podía hacer por ella era proporcionarle medicamentos que frenara su evolu-ción hacia una muerte segura. Y advirtieron de que lo poco o mucho que la criatura vi-viese, en adelante, no iba a ser un camino de rosas. Sus pulmones y su corazón estaban muy dañados y su sistema inmunológico muy empobrecido, sólo Dios sabía cuánto tiempo podría aguantar. Carmencita iba a desarrollar continuas infecciones respirato-rias, que supondrían constantes y angustiosos ataques de tos, acompañados por la ex-pulsión de mucha mucosidad. La niña padecería cambios en la coloración de la piel y continuos episodios de fiebre, así como terribles dolores de cabeza, taquicardias y palpi-taciones. Cada vez tendría mayor dificultad para respirar, lo que agudizaría su angustia; sus piernas se hincharían por la acumulación de líquidos, al fallarle el corazón, y final-mente, un fatídico día, un incierto día, cualquier día, la niña dejaría de respirar para siempre. 

Ahora, cinco años después, Antonio y Lola sabían bien que todo lo que les habían pronosticado los médicos se había cumplido, y seguiría cumpliéndose hasta que la fatalidad se llevara de su lado a su hija. Habían sufrido, viendo día a día el padecer de su Carmencita, víctima de aquella enfermedad incurable, y habían luchado contra aquel despropósito, cada uno de los días de aquellos últimos cinco años. Eran conscientes de que cualquier segundo, cualquier minuto, podía ser el último en que pudieran abrazar a su hija. Aquello se había convertido en una losa que pesaba sobre ellos con el peso de la eterna incertidumbre, pero con la certeza de que acabaría más pronto que tarde. Una carga que corroía su ánimo y su voluntad, pero siempre albergaron la esperanza de que su hija se salvara; nunca perdieron la confianza en un milagro que curara a su Carmenci-ta; y mientras tanto, hacían todo lo que pudiera estar en sus manos para que el irreme-diable desenlace no se produjera nunca.

En la última visita al neumólogo del hospital, éste les confirmó lo que ya sabían: la enfermedad seguía su marcha destructora, lenta, pero avanzaba imparable; y les apuntó la posibilidad de que, con un cambio de aires, Carmencita, podría experimentar alguna mejoría. Era una posibilidad remota, pero factible al fin y al cabo, y Antonio y Lola se aferraron a aquella eventualidad como a un clavo ardiendo, y desde entonces, Antonio, no había parado por lograr el propósito de llevar a su hija a otra parte, a otro lugar donde pudiera respirar un aire más puro, desprovisto de arenas y salitres.

 

***  ***  ***

 

 

–¿Qué hora es, Juan? –preguntó Antonio, al dueño de la taberna, una vez dentro del bar.

–Casi las seis, Antoñito –le respondió Juan, desde detrás de la barra. Antonio respiró aliviado. Había llegado con tiempo, así que trató de relajarse y esperar.

–Ponme vino quinado con sifón.

Un hombre mayor, desde una de las mesas, le preguntó a Antonio por la suerte de su día de pesca.

–A penas para cubrir gastos, Manuel –le contestó–. Como siempre…

–Como siempre –repitió el tal Manuel–. Todos los días igual, joder. Mierda de moros… Me cago en todos sus muertos. A mí me los tenían que dejar… a mí –dijo, dándo-se puñetazos en el pecho–. Ya les iba a decir yo dos cosas… Les iba a meter sus peces por donde les cupieran. Les iba a enseñar yo lo que es la retranca andaluza. Les iba…

–Calla, Manuel –otro hombre le interrumpió–. Las paredes oyen. Ya lo sabes.

–¿Y cómo va tu chiquilla, hijo? –preguntó el tal Manuel, más aplacado.

Antonio reprimió una mala mueca y trató de aparentar serenidad al responder.

–Bueno, ya sabes… estas cosas van despacio, Manuel. Sigue como siempre. Sin mejoría.

–Paciencia, Antoñito, paciencia, hijo. Es lo que nos queda a todos –sentenció Manuel.

–Ya lo sé. Ya lo sé –dijo cabizbajo Antonio.

–Al final os vais con tu hermano, ¿no? –Ahora era Juan el que le preguntaba al jo-ven pescador. 
–En eso estamos. Ya veremos –respondió Antonio.

–Os echaremos en falta, mi alma. Lo sabes, quillo. Y no quiero recordarte que aquí estoy para lo que necesites, Antoñito –le dijo sincero el dueño de la taberna.

–Gracias. Lo sé, Juan. Te lo agradezco en el alma, pero por el momento podemos arreglarnos solos.

–Tenlo en cuenta, niño: para lo que sea –sentenció el tabernero. –¿Ha preguntado alguien por el barco, Juan? –se interesó Antonio.

–Se me olvidaba, coño. Mañana vienen a verlo unos hombres de Zahara. Los manda José, el de la Encarnita. Dice que son buena gente. Conocidos de él. Así, que si sales de pesca, tendrás que estar aquí para las ocho. Sobre esa hora llegarán.

–No, mañana no saldré. Echaré el tiempo en adecentarlo un poco. A ver si hay suerte.

–Claro que sí, Antoñito. ¿Cómo no va a haberla? Dios aprieta, pero no ahoga.

Antonio asintió con la cabeza, más en un gesto de esperanza que de certeza.

–Todo va a salir bien, ya lo verás –remató el de la taberna.

Sonó el teléfono dentro de la barra del bar y Juan fue a atenderlo. A Antonio le dio un vuelco el corazón. Estaba esperando la llamada de su hermano, que le hablaría desde lejos, desde el lugar al que había decidido ir él con los suyos. Sabía que todo de-pendía de esa conferencia telefónica. 

Juan descolgó y se interesó por la identidad del que llamaba.

–¡Hombre, Pepe! ¿Qué tal, quillo? –preguntó a continuación, y después de oír la respuesta y alegrarse por ello, terminó diciendo: –Me alegro mucho, mi alma. Da recuer-dos a la Mari y a los chavales. Se os echa mucho de menos por aquí. Un abrazo, hijo –Y le acercó el auricular a Antonio.

–Para ti, Antoñito. Tu hermano Pepe. 

 

***  ***  ***

 

 

Antonio llegó a casa y antes de entrar, en la misma puerta, se despojó de las bo-tas de goma que llevaba siempre a pescar. Se refrescó las manos y la cara en un barreño lleno de agua que tenían en el patio, y luego se lavó los pies a conciencia. Después se calzó las alpargatas de esparto para estar cómodo. 

–¿Eres tú, Antoñíto? –preguntó su esposa asomándose a la puerta.

–Sí, Lola. Ya estoy aquí –respondió, y sin pausa preguntó: –¿Y la niña? 

–Hace nada que se quedó dormida.

–¿Cómo ha pasado el día?

–Ha tenido un poco de fiebre. A Antonio le ardió dentro la fiebre de su hija.

–¿Comió algo?

–Poca cosa, la verdad. Sigue desganada. Me costó Dios y ayuda para que se co-miera unas pocas de papas. ¿Tú, qué tal la faena?

–Veintiocho pesetas, y mucho calor.

–Bueno, anda, menos es nada, Antoñito. ¿Llamó tu hermano?

–Sí. Acabo de hablar con él.

–¿Y qué dice?

–Que nos espera. Que lo tiene todo dispuesto. Que nos vayamos con ellos para el Bierzo.

Lola agachó la cabeza, para evitar que su Antonio no viera en sus ojos las lágri-mas que asomaban.

–Ay, Antoñito… ¿Qué va a ser de nosotros? Antonio abrazó a su mujer, y trató de consolarla, mientras le acariciaba la mele-na negra y sedosa.

–No te preocupes. Estaremos bien. Es lo mejor que podemos hacer. Por la niña lo que sea. Ya lo sabes, Lola.

–Lo sé. Claro que lo sé. Todo sea por ella. Y así debe ser. Que Dios nos ayude, Antoñito. 

 

***  ***  ***

 

 

El domingo, 10 de julio de 1966, llovía en la estación de Bembibre. Caían las últi-mas gotas de una repentina e intensa tormenta de verano. Una mezcolanza de olores impregnó a los viajeros cuando uno de ellos abrió la puerta del vagón, mientras el tren de las seis se aproximaba a su destino. Olía a tierra mojada, a carbón, a brea… Antonio y Lola viajaban en aquel tren. Miraron, inquietos y esperanzados, por las ventanillas del furgón, ansiosos por comprobar que sus familiares les esperaban en el andén. Y allí esta-ban. Pepe, el hermano de Antonio, fue el primero en verlos antes de que se detuviera el convoy. 

–¡Ahí están! Son ellos –indicó emocionado a su mujer y a sus hijos.

Pepe comenzó a andar al lado del vagón donde venían sus hermanos y su sobri-na, antes de que el tren se detuviera. Con la mano que no sujetaba el paraguas, les salu-daba y reía. Tras él iban Mari, su mujer, y sus hijos Francisco y Rocío, de ocho y diez años. Nada más detenerse el tren, Antonio fue el primero en apearse. Pepe le ayudó a bajar las maletas y unas cajas de cartón; a continuación descendieron Lola y Carmenci-ta. Bajo los paraguas de Pepe y Mari todos se fundieron en un cálido y emotivo abrazo, y los besos comenzaron un viaje de ida y vuelta, de una a otra mejilla, al ritmo de las pre-guntas atropelladas por saber los unos de los otros, por saber cómo les había ido el viaje a los recién llegados, por saber cómo estaban los que los recibían, por admirarse de cómo habían crecido los niños... Hacía más de tres años que no se veían y la añoranza acumulada por la separación durante tanto tiempo dejó paso a la alegría por reencon-trarse de nuevo. Las emociones estaban a flor de piel y a Pepe se le escaparon unas lágrimas entre la sonrisa que dibujaba su cara.

–¡Ea! –Dijo Pepe, dando fin a los saludos–. Ya estamos todos juntos. 

Se repartieron el equipaje entre todos y se dirigieron a la puerta de la estación. Un hombre les salió al encuentro.

–¿Es usted Antonio Galán Mejía, de Barbate? –preguntó el individuo, vestido con lo que parecía un uniforme gris, y que llevaba una gorra de plato en la cabeza y una carretilla con un pesado embalaje.

–Sí señor, para servirle a usted –contestó Antonio.

–Fírmeme aquí. Es la entrega de este paquete que usted facturó en la estación de San Fernando. Tenga cuidado, no se moje el papel.

–Sí señor.

–¿Qué traes ahí, Antoñito? –preguntó Pepe a su hermano, mientras éste estam-paba su rúbrica en el impreso que le mostró el empleado de Renfe.

–Ya te contaré –respondió Antonio.

–Nada que contar, cuñado –intervino Lola–. Tu hermano, que se dio el capricho de traerse el ancla de su barco a esta tierra. Sólo eso. –Bueno, no está mal –sentenció Pepe, creyendo comprender el proceder de su hermano pequeño.

Cuando Antonio negoció la venta de su barco, con los compradores de Zahara de los Atunes, puso como única condición que el ancla de la embarcación no entraba en el trato. Quería llevársela con él, allá donde fuera, y los compradores aceptaron sin más. Ahora, el hombre de la consigna de la estación, le hacía entrega de ella. 

Aquella noche, en casa de Pepe y Mari, en la Villavieja de Bembibre, la sobremesa de la cena se hizo más larga de lo habitual. Una vez acostados los niños, Antonio y Lola conocieron todos los detalles de los planes que sus hermanos habían hecho para ellos, en aquella nueva tierra de acogida, en su nueva vida.

–Mañana nos esperan en la oficina de la empresa –informó Pepe a su hermano–. Iremos cuando yo venga de la mina. Ya está todo hablado. Te harán un reconocimiento médico y el martes, sin más, te vienes conmigo al tajo.

Antonio sonrió. Quería empezar cuanto antes a sentirse útil para su familia. 

–Pepe, ¿verdad que la mina es muy peligrosa? –preguntó Lola.

–No más que la mar, Lola –sentenció Pepe.

–Ya, pero es que… trabajar allí… tan en lo hondo de la tierra… tiene que dar mu-cho miedo, Pepe; y yo no sé, si tú, Antoñito… –Lola clavó sus ojos inquietos en los de su marido.

–Es lo que hay, niña –dijo Pepe–. A todo se hace uno, y a tu marido no le costará habituarse, está acostumbrado a trabajar duro. Además, yo estaré siempre cerca de él. Mira –dijo, poniendo sus manos abiertas sobre la mesa–: estas ya son manos de minero. Pasaron de la mar al carbón; y aquí están… Pronto, las de Antoñito, serán como las mías.

–Sabes que confiamos en ti, Pepe, pero tengo mucho miedo, mucho –dijo teme-rosa Lola.

–No te preocupes, Lola –intervino Antonio–. Sé que al lado de mi hermano nada malo podrá pasarme. Y la mina no me da miedo.

–No te inquietes, Lola –le dijo Mari, poniendo la mano sobre el hombro de su cuñada–. Pepe sabrá cuidar de Antoñito.

–No te voy a ocultar que los primeros días se hacen cuesta arriba –continuó di-ciendo Pepe a su hermano–. Es duro, para gente como nosotros, de la mar, levantar la vista, allá abajo, y comprobar que no tienes el cielo sobre ti; pero el trabajo no te dejará mucho tiempo para que pienses en nada. 

–¡Ay, Dios! –suspiró Lola, con temor.

–Estate tranquila –dijo Mari, adivinando la inquietud de su cuñada–. Sé lo que estás pensando. Y sí, Lola, en la mina pasa como en la mar, igual. A diario, las mujeres tenemos que vivir con la incertidumbre de saber si nuestros hombres regresarán sanos y salvos a casa; pero, ¿qué le vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer nosotras? Algunas hemos nacido para cargar siempre con esa cruz. Y no es fácil. Nunca te acostumbras. Ellos se juegan el tipo todos los días, y nosotras tenemos que vivir con el alma en vilo. Y tú, Lola, sabes, mejor que nadie, lo que es eso. Lo sabes, muchacha. 

 

***  ***  ***

 

 

Antonio no tardó en acostumbrarse a su nuevo trabajo. En verdad que era tan duro y peligroso como se lo había descrito su hermano Pepe, aquella noche en la que llegaron a Bembibre. Hacía ya dos años y medio de aquello. Desde entonces se habían producido cambios en la vida de aquellos hermanos marineros, reconvertidos en mine-ros. A la familia de Antonio se le había sumado Sagrario, la madre de Lola, que, desde que ellos se fueron de Barbate, no pudo acostumbrarse a la soledad, y mucho menos a la resignación de no poder ver a su nieta enferma, Carmencita. Ahora, Antonio y los suyos, vivían en Viñales, alejados del ajetreo de la capital del Bierzo alto, donde seguía Pepe con los suyos y a los que también se había unido Virginia, la madre de Antonio y Pepe, que como su consuegra había decidido venirse al lado de sus hijos. Viñales era un asen-tamiento tranquilo, donde Carmencita podía disfrutar de aire puro que le ayudara a respirar mejor. Antonio había construido una casa con el dinero de la venta de la vivien-da que Sagrario tenía en Barbate; y ayudó a hacerla imitando a las de su tierra andaluza. Tenía una fachada blanca de cal, repleta de tiestos plantados de geranios, con ventanas enrejadas y un arco en la puerta de entrada. Frente a ella había un amplio patio que daba a la calle, y detrás de la casa, tenía un huerto donde cultivaban unas cuantas clases de hortalizas y verduras. También había construido, junto a la huerta, un gallinero y una cuadra, donde criaba un par de cerdos para la matanza. En el patio de enfrente de la casa, en el césped, Antonio había colocado con celo el ancla que se había traído desde su pueblo marinero. Hundió la cruz del ancla en la tierra y dejó al descubierto el brazo y la caña. Quería ver aquella áncora siempre que entrara y saliera de su casa; y cada vez que la mirase, se convertiría en el recuerdo de su pasado, negro pasado desde el nacimiento de su hija, pero también sería el recuerdo de sus raíces marineras, del modo de vivir de él y de todos sus ancestros; y ahora, que ya no serviría más para fijar su barco al fondo de la mar; para impedir que los vientos lo desplazaran, mientras pescaba; ahora, que ya no anclaría más su embarcación al fondo del océano, para resistir las embestidas traicione-ras de las tormentas, mientras navegaba; ahora, lejos de su cometido, aquel ancla, plan-tada en el patio de su casa de Viñales, se convertiría en símbolo de seguridad, de firme-za, de solidez, en contraposición a todos las circunstancias adversas con los que la vida les iba a regalar. Aquel ancla ya no fondearía más su barco, pero le iba a recordar a Antonio, todos los días, que debía de permanecer firme en su resolución de luchar hasta el fin por la recuperación de su Carmencita.  

Antonio también quiso hacer un tributo a la tierra que los había acogido, y plan-to al pie del ancla un acebo; porque le constaba que este árbol había sido, para los anti-guos celtas, moradores de las tierras bercianas, “el Rey Acebo”; y reinaba sobre la parte oscura y fría del año: el invierno; en contraposición al “Rey Roble”, señor de la mitad luminosa y cálida del año. Cuando el roble perdía sus hojas, con la llegada de los fríos, el acebo conservaba las suyas, con su característico verde intenso, y, además, se adornaba de bayas rojas. Igualmente, pensó Antonio, las vidas de él y los suyos habían transcurri-do, hasta ahora, en la parte más cálida de España, en el sur, en Andalucía, y desde ahora permanecerían en la parte fría, en el norte, en el Bierzo. El acebo sería la muestra del inicio de una nueva vida, en unas nuevas condiciones. Además, él sabía, porque se lo habían explicado de niño, en la escuela, que el rojo y verde del acebo eran los colores de la vida. Los frutos rojos representaban el nacimiento, y las hojas verdes simbolizaban la tierra. Tierra de acogida, y nacimiento a una renovada esperanza. La conjunción perfec-ta, pensó. 

– “El ancla es la mar. La que me vio nacer y crecer. Y el acebo es la tierra. La firme y próspera tierra que ahora piso. ¿Qué más me falta? ¿Qué más puedo pedir? ¿Tal vez el cielo? Que el cielo tarde en acoger la llegada de mi hija”.

Pero el cielo no estaba por la labor de escuchar las súplicas de Antonio, y en el final de aquel año, Carmencita, empeoró. Aquel invierno de 1968 fue especialmente cru-do en todo el Bierzo, pero no fue el frío la causa última del empeoramiento de Carmenci-ta. Por medio mundo se extendió como un reguero de pólvora una devastadora epidemia de gripe. Los expertos la llamaron Gripe de Hong Kong; y al final de aquel 1968, iba a dejar centenares de miles de muertos en todo el mundo, y sus consecuencias también las sufrió la infeliz Carmencita. 

Desde los primeros días de noviembre, la niña contrajo la gripe y se le agudiza-ron los síntomas de su enfermedad. Mientras Antonio se comía las entrañas, dentro de la mina, pensando en lo que podría estar pasando en su casa, Lola y su madre recorrían, en taxi, unas veces, las otras en tren o en autobús, con la niña en brazos, todos los médi-cos y especialistas que les recomendaron en el Bierzo, en León y en Asturias. Y de todos obtenían la misma y fatal conclusión: la niña se muere.

Para Antonio y Lola ya no había consuelo en el mundo que pudiera mitigar el inmenso dolor que les producía aquella situación. El irremediable desenlace estaba próximo y todas las esperanzas de una posible recuperación de su hija se esfumaban mientras la veían sufrir, comprobando que su vida se apagaba a cada instante. Sólo les quedaba rezar, y pedir a Dios, y a la virgen del Carmen que su hija no padeciese tanto como estaba padeciendo en el final de su existir. Que la Virgen le otorgase un tránsito sin sufrimiento hacia su encuentro en el más allá, porque ya no había remedio para su mal. El fin de Carmencita era inminente.

A mediados de diciembre todo el mundo, del entorno de los barbateños, sabía de la situación que se estaba produciendo en casa de Antonio y Lola. Todos eran conscien-tes de lo que estaba sufriendo aquella familia; y ya nadie, ya fuesen vecinos, amigos, co-nocidos, compañeros de mina, se atrevían, tan siquiera, a ofrecerles unas palabras de ánimo o de consuelo. Tal era el abatimiento que el rostro y el ánimo de aquellos padres reflejaba. Tal el dolor que se adivinaba tras las palabras pronunciadas al hablar de su niña. Antonio y Lola habían desistido en el empeño de que la niña fuese consultada por ningún médico más. Ninguno le había dado esperanza alguna, y todos aconsejaron que dejaran de luchar y se ahorraran el trajín de traer a la niña de acá para allá, en busca de un remedio que no existía. Ellos terminaron por aceptar lo inaceptable. ¿Qué otra cosa podían hacer? Esa era la pregunta que oprimía las sienes de Antonio. ¿Qué otra cosa? ¿Qué?

– “Nada, hijo –le dijo don Aurelio, el párroco de Viñales–. Encomendaros a Dios y rezar mucho; y cuando el médico lo crea conveniente, mándame recado para que vaya a impartirle los santos óleos”. 

 

    
***  ***  ***

 


El martes, 24 de diciembre de 1968, a las nueve y cuarto de la noche, don Laurea-no, médico de Bembibre, entró en casa de Antonio y Lola. Sabía que esa sería la penúl-tima vez que vería a la niña. La última iba a ser cuando tuviera que redactar el acta de defunción de la pequeña. Carmencita dormitaba en su cama, bañada en un mar de su-dor. Su madre, sentada a su vera, luchaba infructuosamente por secarle la frente y la cara con paños húmedos. Antonio, del otro lado del lecho de la niña, acariciaba entre sus manos la mano inerte de su hija. Antonio y Lola se tragaban las lágrimas, por que no querían que los viese Carmencita llorar. Aunque la niña ya no podía ver nada, oír nada. Las abuelas, Sagrario y Virginia, permanecían de pie, frente a la cama, junto a Pepe y Mari, rezando para sí, portando cada una un rosario de cuentas de azabache en las ma-nos, con la imagen de la Virgen del Carmen. Carmencita respiraba muy despacio y en-trecortado, que todos pensaban que en cualquier momento dejaría de hacerlo. Su piel tenía un pálido color azulado. De cuando en cuando, la niña, se estremecía, movida por el empuje de la tos lastimera que luchaba por salir de sus destrozados pulmones. Enton-ces, Antonio, sujetaba con firmeza la mano de su hija para que no se le escurriera de las suyas. Y Lola, aparentando serenidad, sentía desgarrársele el corazón dentro de su pe-cho de madre, mientras recogía en una toalla las secreciones sanguinolentas que Car-mencita arrojaba con cada ataque de tos, y luego, cuando la niña volvía a aquietarse, continuaba secándole el sudor de la cara y comprobando con la palma de su mano la temperatura de la frente ardiente de su hija, hasta que un nuevo espasmo, provocado por la tos incesante, hiciese aparición, otra vez. 

Don Laureano, el médico, sugirió que lo mejor era que todos, menos Lola, salie-ran de la habitación. Cuando quedaron solos los tres, extrajo el fonendoscopio del ma-letín y auscultó a Carmencita. Al acabar la exploración, le tomó el pulso y preguntó a Lola por los síntomas que había padecido la niña en las últimas horas. Mientras escu-chaba a la madre relatar los padeceres de su hija, inspeccionó las secreciones deposita-das en la toalla. Después de tomarle la temperatura con un termómetro, inyectó un se-dante en el brazo de Carmencita, y una vez recogido todo el instrumental en el maletín, le pidió a Lola que continuase dándole la medicación prescrita con anterioridad, y haciendo un gesto de negación le confirmó lo que ella ya sabía: 

–Sólo es cuestión de tiempo, Lola. Pero no te preocupes, la niña ya no es cons-ciente de nada. No sufre.

Don Laureano se despidió de Lola, y al salir de la habitación las lágrimas hicieron aparición en los ojos de la mujer, traicionando la voluntad de aquella madre destrozada, pero se apresuró a quitarlas de su rostro con las mangas de su vestido, y volvió al lado de su hija, para continuar con su labor abnegada.

Fuera, en el salón, al calor de la chimenea encendida, Antonio y su familia espe-raban la salida de don Laureano. Todos se engañaban a si mismos, esperando una noti-cia alentadora de la boca del médico; pero don Laureano no podía decirles más que la verdad: la niña no pasaría de aquella noche.

–Lo mejor será que aviséis ya al cura. Yo no puedo hacer nada más. Lo siento.

Antonio acompañó al médico hasta la calle, y antes de despedirle, volvió a pre-guntarle, ahogando sus lágrimas; sabiendo de antemano la respuesta:

–¿Qué podemos hacer, doctor?

–Nada, Antonio. Nada.

Y Antonio se derrumbó. La conmoción estalló dentro de él y un reguero de lágrimas afloró inundando sus mejillas. No había ser humano que pudiera soportar lo que él estaba soportando.

–¿Por qué, doctor? ¿Por qué tiene que ser ella? Es una niña. Sólo una niña. Sólo tiene siete años. Le queda toda una vida por delante. Es tan pequeña, doctor. ¿Por qué, doctor? ¿Por qué no soy yo el que se vaya? ¿Por qué mi hija, doctor? ¿Por qué? ¿Por qué, doctor? Dígamelo usted que sabe de esto. Dígamelo, por Dios. Dígamelo, doctor.

A don Laureano sólo le quedaba tragarse sus emociones y aparentar entereza pa-ra tratar de responder a aquel padre desgarrado de dolor, y decirle que nadie, ni siquiera él, tenía respuestas a sus preguntas.

–Antonio, Dios lo ha querido así. Nosotros no podemos hacer nada más. Sólo Él puede obrar milagros.

–¿Qué clase de Dios es ese que permite que una inocente niña muera? ¿Qué clase de Dios es, doctor? Dígamelo. ¿Puede usted decírmelo? ¿Puede decírmelo?

–No puedo, Antonio. Yo no estoy capacitado para eso. Vuelve dentro con los tu-yos y acompaña a tu hija en estos últimos momentos. Tu mujer te va a necesitar. Sé fuer-te y ayúdalos a todos. Yo estaré en casa, a vuestra disposición. Adiós, Antonio.

–Adiós doctor –respondió Antonio, más sereno-, y gracias por todo. Perdóneme si le he molestado con mis tonterías.

–No son tonterías. Entiendo que te estés comiendo por dentro. Que las pregun-tas te ardan en el corazón, y que las dudas asalten tus pensamientos. Y está bien que te desahogues, Antonio. Te vendrá bien que llores. Llora todo lo que quieras. Desahógate. Lo único que siento es no poder serte de más utilidad. Lo siento de verdad. Adiós, Anto-nio.

–Adiós, doctor.

Y Antonio se quedó solo, viendo partir al médico en su coche. Y alzó su mirada al cielo, y el cielo estaba cubierto por la noche y por nubes grises y negras, y Antonio se
imaginó otro cielo, azul, transparente, limpio; y se vio a si mismo, bajo aquel cielo inma-culado, subido en su barco, sumido en una inmensa paz, sintiendo los rayos de sol sobre su cara, notando el vaivén de las olas bajo él, oliendo a mar, a su mar, a su inmensa mar. Instintivamente volvió su mirada al ancla que tenía en el patio y todos sus sentidos re-gresaron a la cruda realidad del nefasto presente. Y sintió la necesidad de tocar aquella ancla, aquella cruz invertida, para pedirle, para rogarle, para suplicarle por la vida de su Carmencita. Y Antonio se arrodilló frente al ancla y la acarició, como siempre había aca-riciado el manto de la imagen de la Virgen del Carmen, en la iglesia de su Barbate, y rezó una Salve marinera. La que siempre rezaba antes de embarcarse rumbo a las aguas pro-fundas de la mar. La que rezaba todos los días, camino de la mina. 

Cuando terminó la oración, Antonio se puso de pie y, de no ser porque la emo-ción le embargaba, y sus percepciones debían estar alteradas, habría jurado que el acebo plantado al lado del ancla, era más alto de lo que él creía, mucho más alto.

Antonio hizo caso al médico y fue en busca del párroco del pueblo. Era la hora de encomendar el alma de Carmencita a Dios.  

 


***  ***  ***

 

 


Cuando don Aurelio, el párroco de Viñales, entró acompañado de Antonio en el dormitorio de Carmencita, todos los presentes irrumpieron en un llanto incontenido. La presencia del cura era la confirmación inequívoca de la partida de la niña al encuentro con el Hacedor. Don Aurelio obró con naturalidad el sacramento de la extremaunción sobre la niña, y a un ruego suyo todos se arrodillaron y rezaron entre lágrimas. Después bendijo a los presentes y se fue. Antonio salió con él a la calle.

–Bueno, hijo –le dijo don Aurelio–, la niña ya está en manos de Dios. No llores, porque sólo los inocentes como tu hija pueden gozar de su presencia. Queda con Dios y que él os dé entereza de ánimo en estos difíciles momentos.

Antonio besó la mano del cura y le dio las gracias por lo que había hecho.

–Resignación, Antonio. Desgraciadamente tendremos que volver a vernos pron-to.

Y don Aurelio se fue, cuando la campana del reloj de la torre de la iglesia de San Pedro, en Bembibre, empezó a tocar la primera de las doce campanadas de aquella hora. El tañido podía oírse en Viñales. De algún lugar cercano le llegaron a Antonio sonidos de villancicos. “Qué injusto es el mundo”, pensó. “Mientras unos celebran con alegría la Navidad, otros tenemos que sufrir el terrible momento que estamos pasando. Mientras unos se alegran por el nacimiento del niño Dios, nosotros tenemos que prepararnos para despedir para siempre a mi hija”. Entonces Antonio volvió a mirar el ancla del patio, pero, inexplicablemente, ahora sólo pudo ver parte de ella. La mitad se había incrustado en el tronco del acebo, que había vuelto a crecer de manera extraordinaria, y en su cre-cimiento había engullido parte del ancla. Antonio quedó perplejo. Aquello desbordaba los límites de su entendimiento. Por un instante creyó que se estaba volviendo loco, que el dolor por la pérdida de su Carmencita estaba alterando sus sentidos. 

–Antonio, ven. Entra en casa.

Su hermano Pepe le reclamaba desde la puerta. Y Antonio entró. Intuyó que el fin había llegado para su hija.

–¿Qué pasa, Pepe? –Preguntó a su hermano. Preparándose para lo peor.

–Ven, mira.

Los dos entraron en la habitación de la niña. Las abuelas, la madre y la tía de su Carmencita rodeaban la cama y miraban incrédulas a la niña. Carmencita estaba senta-da sobre su lecho de muerte, y al ver entrar a su padre le dirigió una sonrisa.

–Ven, papá. Quiero darte un abrazo.

Antonio no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Su hija, su Carmencita del alma, estaba consciente, despierta, y respiraba bien, y su piel era sonrosada, como la de cualquier niña, y le hablaba sin entrecortarse porque la tos había desaparecido, y la niña le sonreía, y le abrazaba.

–Hija mía. Hija mía. Estás bien.

–Sí papá. Ya estoy bien. La Virgen del Carmen me dijo que hoy sanaría, que hoy volvería a nacer, como su niño Jesús.

–Es un milagro, Antoñito –dijo Lola.

–Sí, lo es. Lo es. Yo lo sabía. Lo sabía. Venid, venid todos conmigo.

Antonio cogió a Carmencita en brazos y los demás salieron tras él al patio de la casa.

–Mirad el ancla, ya no está. El acebo se lo ha tragado.

En efecto, el ancla había desaparecido por completo y en su lugar se alzaba ma-jestuoso el acebo; rebosante de bayas rojas que brillaban en la penumbra de la noche como bombillas de un árbol de Navidad. El milagro se había obrado y Carmencita había sido rescatada de los brazos de la muerte, para alegría de sus padres y de toda su familia. Pasó, en realidad, en la Navidad de 1968, en Viñales, en el Bierzo. Y hoy, si preguntas en el pueblo por el acebo que un día plantó Antonio, el barbateño, en el patio de su casa, los vecinos te lo enseñarán con agrado. Y cuando lo veas, acuérdate de que en su interior alberga un ancla, y que los milagros ocurren siempre por Navidad.


Fin. 

© Nicanor García Ordiz, Navidad de 2009   

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