Desde los primeros meses del año del Señor de 1930, en Noceda del Bierzo, era un secreto a voces el que a don Gaspar Durán, el secretario del ayuntamiento, le encantaba ir de putas. Todo el mundo lo hablaba a sus espaldas.

 

 

Los días unos y quinces de cada mes se le podía ver, a eso del mediodía, una vez terminados o aplazados sus quehaceres en el ayuntamiento, con un cartapacio bajo el brazo, aguardando la llegada, desde Quintana de Fuseros, de la destartalada camioneta de Silvino Morcuende, el Pellejero, que lo llevaba en tales fechas hasta la casa de lenocinio que doña Carmen Conde y Aliste tenía en la calle de la Fragua, en la Villavieja de Bembibre. 

 

 

También era sabido que, don Gaspar Durán, antes de dirigirse a la casa de citas, tenía por costumbre comer opíparamente en alguna de las tascas de la capital del Bierzo Alto. Lo que nadie sospechaba era que tanto el importe de los viajes en camioneta, como de los suculentos almuerzos y de todos los servicios del prostíbulo eran pagados gustosamente por su amigo, el acreditado pintor don Ramón de Penagos, que desde su residencia de Madrid le enviaba un determinado estipendio para aquellos menesteres.

 

 

Pero ahora ya iba para año y medio desde la última vez que don Gaspar Durán se dejó caer por el burdel de la villa del Boeza. Se mantenía en cama desde que se agravó la letal enfermedad que había contraído, y desde entonces no había vuelto a pisar el prostíbulo de Bembibre. 

 

 

Pero lo cierto es que, en contra de lo que todos creían en Noceda del Bierzo, don Gaspar Durán, no iba de putas a la manera tradicional, como lo hacía cualquiera de los mortales que frecuentaban aquella casa de trato de Bembibre. No, él no buscaba saciar ese apetito lascivo que la testosterona genera en las ansias de los hombres, y que les aprieta sobremanera en el entrecejo y en la entrepierna, hasta convertirlos en desaforados sementales en busca de hembra a la que cubrir. No, que el secretario de Noceda del Bierzo, pese a su mediana edad, no era hombre dado a dejarse llevar por tales arcaicos instintos. Aunque lo cierto es que en más de una ocasión, al verse frente a aquellas mujeres que practicaban el fornicio por dinero, mostrando con intención aquellos cuerpos blancos y rollizos, completamente desnudos, a punto estuvo el de Noceda del Bierzo de perder las hechuras, y ganas le dieron de dar rienda suelta a sus refrenadas pasiones. Pero, don Gaspar Durán, siempre supo sobreponerse a tales indignas tentaciones. Tenía más que asumido que no iba allí a fornicar; que su cometido era otro muy distinto que nada tenía que ver con disfrutar de los servicios sexuales de las mujeres que ejercían en aquel lupanar.

 

 

Pero nadie es perfecto, ni don Gaspar Durán lo era, y en una ocasión había cometido una imprudencia. Y es que ya lo dice el refrán: al mejor escribano se le escapa un borrón. Sin embargo aquello fue algo más que una mácula, de cuyas resultas hoy se encuentra don Gaspar Durán yacen-te y a punto de rendir cuentas ante el Altísimo. Año y medio después de haber cometido la torpeza de ejercer por primera y única vez en su vida de putero, don Gaspar Durán, postrado en su lecho de muerte, sigue teniendo muchas dudas acerca de si mereció la pena haberse dejado influenciar por aquella caterva de exaltados que tomaban parte en la celebración de la instauración de la República en España, y haber convenido con ellos en el despropósito de terminar acostándose con una de las prostitutas de doña Carmen Conde y Aliste. Así, en la carta que, con fecha de 16 de abril de 1931, escribió a su amigo, don Ramón de Penagos, le había descrito, además de los aspectos de la catadura física de la mujer, los detalles del acto que mantuvo con Aquilina, que así se llamaba la puta que lo había desflorado en tal funesto día.  Don Gaspar Durán se justificaba en la misi-va, explicándole que, si bien la República se había instaurado en toda España el día 14 de los corrientes; en Bembibre, lugar de buen vivir y mejor celebrar, se siguió aclamando aquel hecho durante los días posteriores a tal fecha, y él, para no ser menos que nadie, y alentado por la eufórica muchedumbre que participaba el día 15 en la tradicional feria de ganado, en la Villavieja, bebió más de lo deseado, y había sido el exceso de coñac, y no otra cosa, lo que le hizo desinhibirse de tal manera que cayó rendido ante los encantos de la meretriz Aquilina; y yació con ella, y mantuvo relaciones sexuales con la muy profesional y agraciadísima Aquilina. Fatal acontecimiento, a consecuencia del cual se veía hoy postrado en el lecho de muerte, víctima de una sífilis galopante que le pegó la empleada del burdel.

 

 

El penoso periodo de postración que llevaba don Gaspar Durán en el lecho de muerte, le había hecho reflexionar mucho sobre aquel suceso que lo había llevado hasta allí y que lo iba a llevar derecho al infierno. Muchas eran las preguntas que bullían en su cabeza, pero sobre todas ellas planeaba la eterna duda de si había merecido la pena, o no, haber sido desvirgado por la tal Aquilina, o lo que es lo mismo: de si el sufrimiento que soportaba en aquellos momentos compensaba el haber disfrutado durante toda una tarde de los excelentes quehaceres de aquella golfa, y de si el precio que estaba amortizando por ello era equitativo a la recompensa obtenida aquella señalada tarde.

 

 

Ahora, a don Gaspar Durán, tanto le dolían las dentelladas de la mortal enfermedad venérea, como las vacilaciones que se generaban en su mente. Pero las incertidumbres y los desasosiegos se disiparon del ánimo de don Gaspar Durán el mismo día en que falleció, y no por el hecho de haber fenecido, sino por lo que halló antes de ello.

 

 

Aquella mañana, don Gaspar Durán, recibió las respuestas a todas las preguntas que corroían su asediada mente. Como cada día, a eso de las once, su madre, que se desvivía porque no le faltase de nada, le llevó a la cama el diario de tirada nacional ABC. Don Gaspar, casi sin fuerzas, y más por costumbre que por ganas, fue ojeando poco a poco los titulares de cada una de las hojas del periódico, hasta que llegó a la sección de cultura. Fue entonces, al observar aquella página, cuando un escalofrío le recorrió la columna vertebral, dando paso a unas gotas de sudor que se asomaron a su blanquecina frente. Entonces las pupilas de los cansados ojos de don Gaspar Durán se dilataron enormemente, para poder captar cada uno de los detalles de la imagen que ilustraba media página de la sección cultural del periódico. Don Gaspar Durán permaneció largo rato contemplando aquella estampa. Era la fotografía del cuadro con el que su buen amigo, el pintor don Ramón de Penagos, había ganado la medalla de oro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París. 

 

 

Visiblemente emocionado, don Gaspar, se recreó mirando aquella foto. Después una lágrima traidora se descolgó por su mejilla, y fue en aquel momento cuando don Gaspar Durán tuvo claro que, pese a todo, sí había merecido la pena cometer el fatal desliz que cometió, y haberse dejado llevar por sus bajas pasiones, y haber disfrutado, tanto como lo hizo, de los placeres que la ramera Aquilina le proporcionó aquella ominosa tarde del 15 de abril de 1931, recién estrenada la República en España. 

 

 

El cuadro del periódico, el que aquel año había encandilado al jurado parisino y ahora miraba con deleite don Gaspar Durán, retrataba en todo su esplendor el cuerpo desnudo de la agraciadísima Aquilina, la puta que lo había llevado a la cama y lo llevaría a la muerte. Su amigo, don Ramón de Penagos, la había pintado respetando al máximo el boceto que don Gaspar Durán había dibujado de ella aquella tarde de abril de hacía año y medio, poco después de haber disfrutado como un seducido de ella; porque aquel era, y no otro, el cometido que don Gaspar Durán tenía encomendado los días unos y quinces de cada mes, cuando iba de putas a Bembibre: ser los ojos del pintor parapléjico don Ramón de Penagos, su viejo y querido amigo. Don Gaspar Durán se encargaba de dibujar los cuerpos desnudos de todas las prostitutas que ejercían su trabajo en la casa de doña Carmen Conde y Aliste, y luego enviaba los bocetos a su amigo del alma, para que éste las pintase como Dios manda: al óleo. Nadie en Noceda del Bierzo lo sabía. Y ahora, otra vez la tenía allí, frente a él, a la Aquilina, en la misma postura que la había esbozado: de pie, junto a un amplio ventanal, mostrándose entera y plena, de frente, sin complejos, ofreciéndole su apetitoso cuerpo desnudo, con la cabeza levemente girada hacia la ventana y la mirada perdida en la vega del Boeza.

 

 

Don Gaspar Durán hizo acopio de sus escasas fuerzas y lastimosamente se incorporó en la cama. Sin prisa se preparó una más que generosa dosis de aquella morfina medicinal que le habían recetado para mitigar los dolores y, sin dudar un solo instante, se la inyectó en el brazo. Luego respiró hondo, sin ningún remordimiento por lo que acababa de hacer, y volvió a reposar su desfavorecido cuerpo en el lecho, y se quedó mirando la imagen del cuadro de su amigo, hasta que la vista se le volvió blanca. Entonces, sabiendo que llegaba el final, esbozó una sonrisa entre pícara y cómplice, y una última delatora lágrima se deslizó por su mejilla, y don Gaspar Durán, reconfortado como nunca, se dejó morir.

 

 

En aquellos días, en Noceda del Bierzo, todo el mundo daba por sentado que don Gaspar Durán se había muerto por ir de putas.

 

 

Fin.

 

 

© Nicanor García Ordiz

 

 

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