Amantes 106 - Acrílico de Nicoletta TomasNo le importó nada que afuera diluviara. No le importó que a la intemperie el viento gélido cortara. Tampoco le importó que fuese noche cerrada ni que aquel apeadero, medio derruido, estuviera a más de dos kilómetro de distancia del lugar habitado más cercano. No le importó nada en absoluto. Él cumplía con su obligación y mandó bajar del tren a la pareja de jóvenes desaliñados que viajaban sin billete. Nada le importó que algunos de los pasajeros del vagón, que aún permanecían despiertos a aquella hora de la madrugada, desaprobaran con la mirada el cometido que estaba llevando a cabo. Él solo cumplía con su deber como revisor de la compañía estatal de ferrocarriles.

 

—No tenemos dinero, señor —dijo el joven con acento extranjero, mirando fijamente a los ojos enfurruñados del revisor, buscando una pizca de comprensión tras ellos—. Y mi compañera no se encuentra bien. Está enferma. Se lo digo en serio, señor.

 

El revisor esquivó la mirada del muchacho y se limitó a mostrarles la salida.

 

—Ése no es mi problema —dijo el hombre, mientras la pareja abandonaba el tren.

 

—Apiádese usted de nosotros, buen hombre —suplicó a la desesperada el joven, sin obtener respuesta alguna.

 

—Vamos, Nicolai, déjalo —pidió la muchacha a su compañero.

 

La joven sabía que ya no había nada que hacer. No era la primera vez que les ocurría. Ya solo les quedaba aceptar lo inevitable y contemplar cómo el tren, igual que un fantasma, se alejaba sin ellos bajo la torrencial lluvia de la inclemente madrugada.

 

—¿Y ahora qué, Nicolai? —preguntó la chica.

 

—Cobijémonos bajo la techumbre del apeadero.

 

Techumbre que apenas se mantenía en pie, al igual que la pared que lo sostenía, y que junto con una desvencijada farola que a ratos alumbraba una mortecina luz amarilla, conformaban aquel desusado y apartado apeadero. 

 

 

Los jóvenes se sentaron en el suelo, con la espalda pegada a la enmohecida y desconchada pared. Se miraron fijamente, tan profundamente que parecía que estaban leyéndose la mente el uno al otro a través de los ojos. Nicolai no pudo evitar una mueca de preocupación al observar unas delatoras lágrimas que afloraron en los ojos de su compañera Janja.

 

—Tengo frío, cariño. Mucho frío —dijo la joven entre las toses que de vez en vez arrancaban de su pecho dolorido y que al salir le escocían como quemaduras.

 

—Ya lo sé, niña, ya lo sé. ¿Qué puedo hacer?, dime.

 

—Ya falta poco para que amanezca. Con el día todo será más fácil. Ahora, abrázame, solo abrázame, Nicolai.

 

 

Los jóvenes se fundieron en un abrazo casi desesperado, que pronto se convirtió en un nido de besos y caricias de dos seres enamorados. Después ella, agotada por el dolor, el frío y el hambre, se acurrucó contra el cuerpo de Nicolai; apoyó su cabeza sobre el pecho del muchacho y se dejó envolver por los brazos de su amado.

 

 

Entre los carraspeos y las toses secas y profundas de ella y las lamentaciones sordas de él y pese al húmedo y lacerante frío de la madrugada, se quedaron dormidos, pegados los dos, y una noche más soñarían con una vida mejor, porque esa era, al menos, la parte más gratificante de sus indigentes y erráticas existencias: el tiempo que dedicaban al sueño.

 

 

Soñando lograban evadirse de la vida mísera y de subsistencia que llevaban desde que decidieron abandonarlo todo y embarcarse en una aventura en busca del Dorado. Aquel maravilloso lugar que la hermana mayor de Janja les había descrito en las cartas que les enviaba y donde ella ya había encontrado el paraíso cuando emigró hacía muchos años.

 

 

Ahora, en aquel preciso instante, en aquel apeadero, soñaban con una nueva vida, una idílica vida, donde no iban a pasar más penurias como la de aquella noche, penurias como las que venían soportando un día sí y otro también desde siempre.

 

 

Soñaban, una noche más, con la vida que ambos habían dibujado en sus fantasías cuando decidieron abandonar a los suyos para emprender una huida hacia un futuro en común lleno de utopías. Soñaban que habían llegado a su destino, lejos de su abominado mundo, a un nuevo lugar muy distinto al que habían conocido hasta entonces, un lugar con gentes distintas, con costumbres distintas, con paisajes distintos. Llevaban tiempo preparándose para ello y ya faltaba muy poco para hacer realidad su sueño.

 

 

Después de recorrer medio continente, en autobús, mientras les alcanzó el dinero, después en auto stop y al final de polizones en los trenes, ya tenían su objetivo al alcance de la mano. Solo era cuestión de pasar una noche más al raso. Dormir durante las pocas horas que le quedaban a la maldita madrugada, en este apeadero apartado del mundo. Esta sería la última noche en su periplo hacia un lugar mejor, mucho mejor que el que habían dejado tras de sí.

 

 

—Vamos, chicos. El tren va a reanudar la marcha. Despertad   —dijo, zarandeando a Nicolai, el revisor del reluciente tren que acababa de parar en el apeadero—. Es la hora. El tren no va a esperar mucho más, muchachos.

 

Nicolai se despertó sobresaltado, sin comprender lo que estaba ocurriendo. Sí se percató de que ya había amanecido y de que la horrorosa noche se había transformado en una mañana radiante de sol. Miró extrañado al hombre que lo había sacado de su letargo, sin llegar a entender muy bien lo que estaba pasando.

 

—Vamos. ¿No estáis esperando al tren? —preguntó sonriente el revisor.

 

Nicolai reaccionó. Decidió que, ante la premura que les imponía aquel hombre, no merecía la pena pararse a analizar ni valorar nada, solo tenia que centrarse en lo inmediato, en que tenían un tren a su disposición y que por nada del mundo iban a desaprovecharlo. Lo mejor era dejarse llevar y aceptar la invitación del revisor, sin más.

—¡Janja, cariño, despierta! ¡Nos vamos! ¡Nos vamos!

 

—¿Qué? ¿Adónde nos vamos? —preguntó la muchacha, medio dormida. Sin saber muy bien lo que decía ni lo que pasaba a su alrededor.

 

 

Janja apenas pudo restregarse los ojos, a la vez que trataba de ponerse en pie. Notó cómo su cuerpo se resentía con cada movimiento que hacía. Estaba entumecida.

 

—¡Janja, nos vamos! —dijo Nicolai, tirando del brazo de su chica.

 

—Debéis subir pronto. Tenemos que irnos —sentenció el revisor.

 

 

Los jóvenes subieron apresuradamente al vagón y el hombre cerró la puerta tras ellos. El tren entonces reanudó la marcha.

 

—¿Adónde vais, muchachos?

 

—Hasta el final del trayecto, señor —contestó Janja.

 

—Pero no tenemos dinero para pagar el billete —dijo temeroso

 

Nicolai, a la espera de una reacción hostil por parte de aquel hombre que, sin embargo, los miraba risueño.

 

—No importa. Hoy es un día especial y la compañía estatal de ferrocarriles os regala los billetes. Así que acomodaros y disfrutad del viaje. Llegaremos a medio día —dijo con amabilidad el hombre.

 

—¿Qué día especial es hoy, señor? —Preguntó Nicolai.

 

—¡Hoy es Navidad! —respondió el revisor, alejándose por el pasillo del vagón.

 

Los jóvenes se miraron.

 

—Navidad, Nicolai. ¡Hoy es Navidad! —exclamó Janja, sorprendida y un tanto ilusionada.

 

—Vaya… No nos habíamos dado cuenta —aseguró Nicolai, mientras tomaba a Janja de las manos.

 

—Ves, Nicolai Cvitanic, cómo todavía queda gente buena en el mundo —advirtió Janja, dibujando una sonrisa en su cara consumida por la enfermedad.

 

—Eso parece, sí. Pero… ¿Sabes lo mejor?

 

—¿Qué? —preguntó a su vez la muchacha, clavando la mirada en los brillantes ojos de su amado Nicolai.

 

—Que en unas horas… Solo en unas horas, habremos llegado a casa de tu hermana. Así que… ¡Bésame, Janja!

 

—Claro que te beso, amor mío.

 

Los jóvenes se fundieron en un apasionado beso. Después, tomados de la mano, fueron a acomodarse en uno de los asientos del vagón.

 

—¡Cuánto hemos tenido que pasar hasta llegar aquí, Nicolai! —exclamó entristecida y resignada Janja, con la cabeza recostada otra vez sobre el pecho de Nicolai.

 

—Ahora no pienses en eso, amor. Duerme un poco y descansa. Necesitas hacerlo para ponerte bien.

 

 

Nicolai, acariciaba tiernamente la cara de su Janja del alma, mientras trataba así de apartar con sus palabras los malos pensamientos que asaltaron a la muchacha.

 

Un poco después, el joven, oyendo el gorgoteo proveniente de los intestinos de la muchacha, le preguntó:

 

—¿Tienes hambre, verdad?

 

Pero no obtuvo respuesta. Janja, agotada por el cansancio, las emociones y la enfermedad, se había quedado profundamente dormida. Tal vez soñaba de nuevo con el paraíso añorado que tenían a su alcance.

 

 

Nicolai se sintió reconfortado al pensar que, pese a las carencias y desdichas que habían pasado en su trayecto, los dos permanecían juntos, muy unidos, y que aquella aventura que habían emprendido en busca de una vida mejor para ambos, había servido, además, para reafirmar el inmenso amor que se profesaban. El joven Nicolai se sintió orgulloso por tener a Janja a su lado, y complacido por sentirse amado por ella. A sus diecinueve años de edad, Nicolai, podía percibir en su interior que Janja era y sería por siempre el amor de su vida. Al pensar en ello no pudo reprimir la espontánea sonrisa que asomó a sus labios, a la vez que reparaba en los rayos de sol que entraban por la ventanilla del vagón y lo envolvían en una cálida sensación de paz y bienestar. Nicolai volvió su mirada a la ventana y contempló el paisaje que pasaba ante sus ojos al otro lado del cristal.

 

 

No supo cuánto tiempo estuvo observando el horizonte, pero poco a poco el panorama se fue difuminando ante su mirada, y las imágenes nítidas que le llegaban desde fuera del tren se fueron fundiendo y confundiendo con las que su mente iba proyectando sobre el cristal. Y así apareció ante sus ojos su abuela Svetlana, vestida con su irreemplazable toquilla negra, raída y descolorida en muchas de sus partes. La anciana mujer martillea el mortero que contiene pimentón, perejil y dos dientes de ajo. Unas lágrimas involuntarias se deslizan por su cara de ochenta y siete años, surcada de profundas arrugas, fruncida de piel casi quebradiza. Mira el mortero, con los ojillos perdidos en el cuenco de madera, dejando que la mano marque el ritmo que obra el milagro de entremezclar los sabores, mientras que en sus hundidas sienes, son las venas las que marcan otro ritmo: los latidos de su triste y cansado corazón.  

 

 

A un lado de la lumbre, en una tartera de barro, medio olvidada, el espinazo rancio de oveja se va dorando lentamente. La cocina de hierro tiene la chapa roja, teñida por la fuerza del fuego que desprende la leña de roble. El niño Nicolai enreda, tallando con un cuchillo un trozo de madera, sentado en un escaño, cerca del fuego. Nicolai está construyendo un barco.

 

 

Ahora están solos en la casa. Al abuelo Alexandro y a los padres de Nicolai hace tiempo que se los llevaron, para no regresar nunca más. Pero las imágenes de aquel rapto no figuran en el inventario de los recuerdos de Nicolai. Él lo sabe porque se lo contó su abuela y porque era un secreto a voces en Stapar, el pueblo donde vivía. La abuela Svetlana le dijo llorando un día que, mientras él estaba en la escuela, una avanzadilla de soldados serbios, incitados por un hombre importante del pueblo, asaltó la casa y se llevaron a sus padres y al abuelo, sin más. Los tres habían cometido el delito de ser étnicamente distintos a los asaltantes.

 

 

Desde entonces, Nicolai, nunca pudo perdonarse el no haber estado en casa aquel triste día, en aquella fatídica hora. Se repetía a sí mismo, una y otra vez, que de haberse encontrado allí, habría tenido la oportunidad de defender a sus seres queridos, o tal vez hubiera corrido la misma suerte que ellos. Hubiera preferido cualquiera de esas posibilidades a tener que vivir permanentemente con el sentido de culpabilidad que desde entonces le corroe el alma.

 

 

El niño Nicolai  levanta la cabeza y mira a la abuela Svetlana. Luego pregunta:

 

—Abuela, ¿cuándo cenamos?

 

—Todavía no es la hora, Nicolai.

 

El niño Nicolai vuelve a centrarse en su labor y solo el caminar pausado del viejo gato Miguel, atravesando la estancia para meterse bajo el escaño, cerca del calor de la cocina, hace perder la concentración del chiquillo.

 

—¡Miguel! —Nicolai grita el nombre del animal para asustarlo.

 

El gato maúlla con fuerza y se acomoda como puede en una esquina.

 

—¿Cuándo cenamos, abuela? Tengo hambre y empieza a dolerme la cabeza —preguntó quejándose Nicolai.

 

—Enseguida. Ya falta menos —respondió la abuela—. ¡Y la cabeza te duele por hacer el tonto! ¡Por tener los ojos pegados tanto tiempo a ese trozo de madera!

 

—No, abuela, me duele de hambre.

 

—¡Anda, deja eso y descansa un poco, que enseguida cenaremos!

 

El niño Nicolai, hizo caso a la abuela Svetlana y abandonó su labor sobre el escaño. Luego cruzó los brazos sobre el hule verde que cubría la mesa y recostó la barbilla sobre ellos. Se quedó un largo rato mirando a la alacena repleta de platos del fondo de la estancia. Cerró los ojos y se durmió.

 

 

A las cinco menos diez de la tarde, de aquel día de Navidad, cuando la luz del día empezaba a convertirse en ocaso, el juez de guardia llegó al apartado y desvencijado apeadero. Le acompañaban la forense y el secretario del juzgado. En el lugar les esperaban dos policías uniformados que se cuadraron y saludaron nada más acercase a ellos. Junto a los agentes aguadaban, igualmente, cuatro empleados de la funeraria y un hombre al que le faltaba la mitad del brazo izquierdo. Un poco más allá un grupo de curiosos miraban callados la llegada de los funcionarios a aquel alejado lugar.

 

—¿Qué tenemos aquí, sargento? —preguntó el juez.

 

—Ya lo ve… Dos muchachos extranjeros muertos —contestó sin inmutarse el policía—. Los encontró, a eso del medio día, esta persona. Es el pastor del pueblo de aquí al lado  —el sargento señaló al hombre que le faltaba medio brazo—. Entiendo que debieron de quedarse dormidos en la noche y el frío hizo el resto.

 

—Paulina, ¿puedes examinar los cuerpos? —fue la manera de pedirle el juez a la forense que comenzara su trabajo—. Secretario, proceda a levantar el acta.

 

 

© Nicanor García Ordiz, Navidad de 2011

 

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