“¿Y mi canario bonito?”, pregunta el muy bastardo con voz melosa. Le trino, excitado, exigiendo jornada de jaulas abiertas en el vecindario. Al abrir la portezuela, malgasto mi energía en varias vueltas de reconocimiento. Él abrillanta los barrotes de lo que llama hogar. Ahueca el minúsculo catre y confecciona una nueva base para el engañabobos con un macarrón. Sigue insistiendo en camuflar la realidad: “Te he cambiado las sabanitas”. “He arreglado tu columpio”. Llaman a la puerta. Tu-tuit –gracias, dios alado, exclamo. Esta es la mía. “Tu-tuit” –responde ¿el mensajero? ¡Una hembra! Creo que al final me quedo. En buena compañía.

 

Erika Cipré

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