Tras los tímidos cristales de mi casa observaba a la gente pasar y, aunque siempre eran los mismos rostros, no era para mí ningún secreto que lo que realmente estaba pasando delante de mí era la vida.

         Por entonces tan sólo había algo conmigo que me daba la libertad que siempre había buscado. Una vieja máquina de escribir y un papel en blanco me permitían volar, ir más allá de los cristales y las tardes lluviosas, navegar por el viento cual hoja caduca hacia la isla de la soledad en la búsqueda de mi mismo.

         Quizás entonces no sabía quién era. Ahora, que incluso para mí sigo siendo un desconocido que lo único que pretende es hablar con su alma, al menos sé que, durante minutos, he estado en aquel lugar.

         La increíble sensación de poder cerrar los ojos y abrir los brazos en una extensión no permitida, sentir que por cada uno de los poros de mi piel penetra una duda que, aún sin resolverse, la sola idea de poder realizarla me acerca un poco más a mí mismo.

         Debió ser un día como otro cualquiera, o un día especial… ya no lo recuerdo. Al poco de despertar sentí que al menos entonces todo sería diferente. Aquella mañana, no me levanté. Me alcé. Y rápidamente, sentado en la mesa que tantas y tantas veces me había obviado, me detuve ante un papel en blanco y, bolígrafo en mano, mire al cielo. Quizás buscaba una respuesta que nunca había encontrado a una pregunta que siempre había formulado.

         Acudían a verme una y mil palabras. Expresiones de lo que estaba ya dictaminado. Sensaciones encerradas en frases inacabadas. Pero ninguna llenaba mi deseo de un buen comienzo.

         “Quizás no debería forzar”, pensé buscando una inspiración que hacía ya tiempo que me había abandonado.

         Sin embargo todo fue sencillo entonces. Con los ojos cerrados pude hablar con mi alma. Y fue ella, y nadie más, quien me susurró. Letra a letra formaba las palabras que contarían, unas tras otras, la breve historia que yo desde siempre pretendí plasmar.

         No era una heroica aventura ni había misterio alguno que resolver. Hablaba de personas, hablaba de mí, de sus miedos y sensaciones. Contaba aquello que siempre quise ser, aquello por lo que luchar. Hablada, sencillamente, de mi alma, de mí, de mi corazón que, día a día, encontraba en él y en ella una razón más por la que seguir latiendo.

         Los versos navegaban en mí con rapidez y me empujaban hacia una realidad más allá de lo perceptible.

         Qué mágica sensación la de permitir navegar en un papel en blanco las ideas, las palabras que brotan con la sencillez de una magia sencilla.

         Línea a línea el papel dejaba de estar abandonado para significar algo concreto, por permitirme ya no sólo expresarme, sino que dejar grabado aquello que imaginaba. Cuánta gente podría leerlo, cuánta gente podría compartir conmigo los sueños, las alegrías y las preocupaciones que pretendía dejar fijadas. Cuánta gente podría cambiar su rumbo tras cada letra, tras cada significado.

         Pero también podría ser que quizás no sería nadie, quizás sólo yo. Pero aunque sólo fuera yo, me daría por satisfecho. Encontrarme a mi mismo, poder hablar de tú a tú con mi alma, con mi verdadero personaje, es lo que realmente buscaba.

         ¿El tiempo que pasé escribiendo? No sé, quizás fuera un día entero, con su amanecer y su noche, o quizás fueran unas horas en la oscuridad… o tan sólo unos minutos… lo desconozco y a decir verdad no me importa. ¿Cómo tratar de medir con algo aquello que no se expresa ni con palabras?

         A todas luces era imposible y si lo hiciera no sería justo. No, no lo sería.

         Por fin, una vez finalizado, sonreí. No era una sonrisa cualquiera, no era aquella que surge cuando ves a un amigo o aquella otra cuando recuerdas un tiempo pasado. Era distinta, profunda, sincera.

         Lo miré, incluso juraría que él también me observaba. Yo lo veía como una parte de mí, como algo mío, como un dibujo de mi interior. Podría decir que él sentía que yo le habría creado, pero… no era más que un papel.

         En pie, lo alejé de mi vista (quizás quería ver más allá de lo que a simple vista podría apreciarse). Luego, lo acerqué. Lo leí. Lo leí de nuevo. Lo leí una tercera vez.

         Nueva sonrisa.

         Orgullo, sabedor de que durante el tiempo empleado en escribirlo había sido feliz.

         Ahora el camino ya existía, el rumbo, el destino marcado. Pero había que rematar lo iniciado, ir hasta el final, cruzar el mar aunque ya no tuviera fuerzas, aunque las olas me empujaran hacia la orilla.

         Busqué entre mis papeles una carta recibida hacía ya días. Tiempo de no recibirlas, y en donde todo se trata bajo el frío correo electrónico. Pero no esta vez, y quizás por ello me había llamado la atención. Era de alguien que no conocía, era de alguien de quien ignoraba hasta nombre alguno, hasta sentido alguno de existencia. Pero allí estaba. Ante mí. Pidiéndome que, a ser posible, enviara algún texto o poesía para un concurso de un pueblo tan lejano de mi como algún país cercano.

         Quizás en algún momento, quizás en algún tiempo ya pasado y que no recuerdo, tuve la osadía de haberme presentado a algún concurso de relatos allí mismo, en aquel reino lejano de cuya historia, poco más que su nombre añoro. Pero allí estaban ellos, pidiéndome, aconsejándome, unas hojas más. Algo que leer, algo con lo que soñar.

         A tal día, y a tal hora, en el mes de Abril, hermoso mes de Abril que tanto me has dado… debía estar allí.

         No había más motivos para retrasar aquello que deseaba realizar, no había motivos para, sin más, no hacer lo que quería hacer. Y lo hice.

         Orgulloso como el que había realizado algo hermoso, detalle de un día a recordar, silencioso como el que no quiere molestar pero desea ser escuchado, y en definitiva, feliz. Pero no feliz porque fuera un gran texto o un profundo relato, feliz porque durante el tiempo que había durado la escritura me había sentido único y todo había volado a mi alrededor.

         A pocos metros de mí, desde siempre, seguramente colocada allí por el destino, esperando este día, o al menos así me hubiera gustado creer aunque no lo creyera, una oficina de correos me esperaba.

         Subí por las escaleras sonriente, quizás exultante y en cierto modo, irreverente.

         Una cola se interponía entre mi ilusión y el mostrador que debería lleva más allá mi relato. Espero paciente. Un hombre, una mujer, un anciano, otra mujer. Todos se interponen.

         Les veo sin dibujar la sonrisa en mi rostro. Trato de ir mas allá, trato de identificar sus sueños, sus vidas. ¿Qué les preocupará?, ¿son realmente felices?, o, ¿sus vidas son desdichadas?

         No lo sé. Quizás debería preguntarles. Quizás debería acercarme a ellos, y ofrecerles mi ayuda… pero no lo haré, sé que no lo haré. En los tiempos que corren, hacer algo así, en lugar de ser tratado con admiración y agradecimiento, más bien es tachado de locura.

         Bien sé yo que alguno se preguntaría que quién era yo para meterme en su vida.

         Me limitaría a esperar mi turno.

         Pasados los minutos, allí estaba yo, con mis ilusiones, con mis hojas, con mis ganas por un envío pretendido desde hace sólo unos instantes, pero que ya me parecían siglos.

         Entre el futuro lector al otro lado, del jurado y yo, tan sólo había una mujer de edad ya desgastada, que me preguntaba la dirección a donde quería enviarlo. Pero no sólo eso, sino que también me insistía en que debía decirle si era o no urgente.

         ¿Urgente?, ¿en qué sentido? Claro que es urgente, algo que pretende llegar al alma, algo que tiene como intención ser leído y comprobar, fielmente, que siempre se puede ir más allá de lo que se pretende, algo así siempre debe ser urgente. En todo caso, lo que no es necesario es que llegue al día siguiente.

         Varias palabras intercambiadas con ella lograron, como no podía ser de otra manera, que mis sueños entrasen en aquella caja amarilla que, junto con otros sueños, guardaban las cartas a ser enviadas.

         Me giré con seguridad, aunque he de reconocer que a los dos pasos algo en mí me hacía sentir triste, melancólico quizás. La sensación que me ahogaba no era otra que la de aquel que siente que ha abandonado a un ser querido, aquel que ha traicionado la lógica de los sentimientos. Y es que aquello que me había hecho feliz durante unas horas, ahora ya no estaba conmigo.

         Traté de consolarme sabiendo que al otro lado podría hacer feliz a otra gente. Al menos, obraría para parte de lo que fue concebido. Aún así, poco consuelo cuando uno se entristece.

         Mi caminar, como mi respiración, era lento. Regresaba a casa, no sé si buscando refugio, no sé si buscando consuelo. Pero regresaba. El texto ya se había ido. Pero, ya por siempre, quedaría conmigo la sensación de que, ocurra lo que ocurra, se que cada vez que escriba, al menos durante esos instantes, seré feliz.

         Cada letra, cada palabra que conforma una frase o cada frase que conforma un texto, es para mí una comunicación entre mi alma, lo más profundo de mis sentimientos, y yo. Y eso, al menos, es lo que quiero.

Ruy Vega

 

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