Mariano Alonso Álvarez, falleció en Bembibre el pasado martes 27 de enero, después de toda una vida dedicada a enseñar filosofía en el IEB Señor de Bembibre. Por sus clases pasaron varias generaciones de alumnos, dejando en muchos de ellos, de nosotros, un recuerdo imborrable y un gusto por la filosofía y el razonamiento. Uno de esos alumnos, Mario Llamazares, que hoy en día también es profesor de filosofía, recuerda al que fue su maestro.

Mariano Alonso Álvarez, In Memoriam

Me entero de que recientemente ha fallecido Mariano Alonso Álvarez. Él fue mi profesor de Ética en 4º de la ESO y de Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato.

Aunque sentí interés por muchas materias, la filosofía fue la asignatura que más me gustó de mi paso por el I.E.S. “El Señor de Bembibre”. Es por eso que decidí estudiarla en la universidad. Ante las mayores perspectivas profesionales de otros estudios decidí estudiar la licenciatura de filosofía con la esperanza de poder trabajar en algo que tuviera ver con lo que más me gustaba. He tenido esa fortuna y ahora me gano la vida dando clase de filosofía en institutos de educación secundaria.

A veces me pregunto si habría estudiado filosofía de no haber tenido a Mariano como profesor. Y la mayoría de las veces la respuesta es negativa. Porque no basta con que una materia o un saber sean bonitos o interesantes. Hace falta una persona, un profesor, que te haga ver que ese saber es valioso y que tenga la verdadera capacidad de enseñarlo con la dignidad que merece. Y Mariano era esa persona. Además él no se conformaba con explicar la filosofía de Kant, algo que no es fácil, él tenía que decir que Kant nació, vivió y murió en Königsberg, Prusia Oriental, un país que ya no existe y que ahora la ciudad de Kant se llama Kaliningrado y está en Rusia. No podía explicar la filosofía de Platón sin hablar de paso de la cultura griega, que le apasionaba. Con esto quiero decir que Mariano atesoraba un gran saber enciclopédico y explicaba la filosofía en su contexto, en relación con todos los demás saberes. Pocos profesores son capaces de hacer eso. Pero Mariano podía porque le apasionaba saber. No he conocido a nadie con una curiosidad mayor que la suya. Y lo mejor de todo es que esa curiosidad era contagiosa. Cuando no podía averiguar algo por sus propios medios nos pedía a los antiguos alumnos que se lo preguntáramos a algún experto, si lo conocíamos. No olvidaré su cara de asombro cuando vio por primera vez cómo se accedía a todo el saber de Wikipedia desde el móvil con un solo clic.

Una persona que se comporta así, como él hacía, es una persona muy generosa. Porque hay sabios que no se mueven de su torre de marfil y no comparten su saber con nadie. Pero Mariano, al igual que Sócrates, salía al ágora y compartía su saber con la gente. Le encantaba enseñar cuando alguien estaba dispuesto a escucharle. A pesar de las dificultades con las que a veces nos topamos en nuestro trabajo él nunca tiró la toalla. Se esforzaba por dar toda la materia que podía y lo mejor que podía con sólo que hubiera un alumno que le prestara atención. Además tenía muy interiorizado el deber kantiano, algo que le hacía muy cumplidor con su trabajo y sus obligaciones.

A veces era también testarudo. No soportaba que le llevaran la contraria cuando él estaba muy seguro de algo. Pero le encantaba siempre debatir en pos de la verdad, como un verdadero filósofo.

En su vida fue más bien solitario. Recuerdo que una vez le preguntaron en una entrevista del instituto con qué animal se identificaría y él dijo que con el lobo estepario. Pero siempre que se encontraba con los antiguos alumnos que lo apreciábamos nos invitaba a tomar algo y le encantaba hablar con nosotros. De hecho, en estos últimos años fui muy cercano a él. Siempre tenía algo que enseñarme o preguntarme, da igual lo que fuera y a veces mantuvimos debates dialécticos muy interesantes, como algunas veces que discutimos sobre el eterno enfrentamiento entre el determinismo y el indeterminismo.

Creo que todavía está reciente su muerte y no soy muy consciente de su pérdida. La sentiré sobre todo cuando vuelva a Bembibre y ya no pueda quedar con él para tomar café y hablar de filosofía, literatura, historia, arte, cine…lo que fuera. Él sabía de todo, bueno, menos de fútbol. No seguía ningún deporte.

Creo que Bembibre ha perdido a su Sócrates. Tal vez un Sócrates más escéptico, pero al igual que él un sabio que seguía buscando la verdad y tenía también el aspecto de un sileno. Bembibre ha perdido también con él a su pequeño gran Marx y a su pequeño gran Freud. Eran los dos filósofos que más le gustaban. Los conocía como nadie y los explicaba muy bien, de manera muy sencilla, como lo hacen los sabios. De hecho, de Marx se leyó El Capital entero, los tres tomos. Algo que para mí es ya una proeza.

Ya sé que suena a frase muy manida, pero de verdad pienso que Mariano aún no ha muerto del todo. Vive todavía en todos los que lo conocimos, como los que  tuvimos la fortuna de tenerlo por profesor, porque estoy convencido de que yo al menos nunca lo olvidaré.

D.E.P.

Mario Llamazares Torrao

 

 

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