En la historia reciente de Bembibre la incorporación al cortejo procesional de “gigantes y cabezudos, tarascas, en unión de la danza, de las gaitas y de los tamboriles del país” se evidencia desde las Fiestas del Cristo del año 1911. Sin embargo este tipo de exteriorización pública que aúna representaciones simbólicas y sacras se retrotrae en el tiempo al siglo XVI y tiene como centro la conmemoración del Corpus Christi. Esta ceremonia de origen medieval fue instaurada en 1264 por el papa Urbano IV (1261-1264), alcanzando su mayor difusión con las disposiciones emanadas del Concilio de Trento (1545-1563), que reafirman la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía e impulsan la creación de las cofradías del Santísimo Sacramento.

Por aquellas calendas en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Bembibre se instituye una de estas hermandades pías y al objeto de acrecentar el culto, los cofrades se reúnen en cabildo ordinario el 4 de abril de 1587, bajo la presidencia del Ldo. Suárez Hurtado, gobernador de Bembibre y su tierra, de Pedro López de Villada, juez ordinario de la villa y del bachiller Benavides Mendaña, mayordomo de la asociación. Es entonces cuando deciden solicitar “a su Santidad o al Reverendísimo General de la Minerva de Roma, la bula del Santísimo Sacramento, con todas las indulgencias, gracias, perdones y privilegios que la iglesia y monasterio de Minerva de Roma tiene…”.

Contribuyen a realzar la magnificencia de sus actos, donaciones como la del presbítero de Viñales, Baltasar Rodríguez, que en 1646 le cese sus bienes a perpetuidad. Funciones como la del año 1654, en que el Ldo. Antonio Álvarez de Canero, párroco de Bembibre y celador de las Fiestas del Santísimo Sacramento, contrata la puesta en escena de Los Volatines del Rey, obra del comediógrafo vallisoletano, Francisco de los Reyes. Y cargas espirituales como la de 1657, en que el concejo de la villa acordó “que cuando saliese el Santísimo Sacramento en procesión se acompañase de dos hachas encendidas”. Gravamen que se comprometió a costear “por sus días” José López, por lo que se le preservó del ejercicio de todos los oficios concejiles y de sus cargas como: “administrador de las fiestas del Santísimo Sacramento, San Antonio de Padua y San Juan Bautista”.

El domingo de la infraoctava de Corpus Christi la cofradía de la Vera Cruz y Santo Ecce Homo de Bembibre celebraba su jubileo “con una misa cantada en la ermita, donde se descubría el Santísimo Sacramento”. Y mientras la villa del Boeza se engalanaba con ramos y flores, iniciaba la marcha por las calles y plazas la ancestral cohorte de: “Gigantes y cabezudos, tarascas, danzas, tamboriles, dulzainas y representaciones escenográficas...”.

En el s. XVIII con el avance de la laicización y el control de estas manifestaciones populares, se vislumbra un proceso de cambios en la mentalidad de las gentes. A nivel local las resoluciones aprobadas por la Audiencia de Causas de Bembibre en 1739, “prohíben el adorno de calles el día del Corpus, como era costumbre”. En esta tesitura se inscribe la Real Orden promulgada el 10 de julio de 1780 por el rey Carlos III (1759-1788), que aspira a depurar estos ritos:

En ninguna iglesia de estos reinos, sea catedral, parroquia o regular, haya en adelante danzas y gigantones y cese del todo esa práctica en procesiones y demás funciones eclesiásticas, como poco conforme a la gravedad y decoro que en ellas se requiere”.

Las Constituciones Sinodales de Astorga de 1799 también se ocupan de esta festividad religiosa en el capítulo XIX:

El día de Corpus Christi, que fue instituido para solemnidad y fiesta de este Santísimo Sacramento, mandamos se haga en esta ciudad, y en todas las villas y lugares de este Obispado, una solemne procesión con todas las cruces y pendones…”.

En el s. XIX se atisba una recuperación de las viejas tradiciones, motivada sin duda por la finalización de la Guerra de la Independencia (1808-1814); volviendo a hacerse presentes en las fiestas patronales las comparsas de gigantes y cabezudos. Sin embargo, la escasez de documentación motivada por los incendios del 2 de enero de 1809 y del 7 de octubre de 1934, nos impide conocer en profundidad su desarrollo en el periodo decimonónico.

Podemos corroborar no obstante la perdurabilidad de la Danza de Bembibre en el s. XIX. En 1932, Maximino Pascual, nos la describe en la biografía Cómo se forjó un ideal. Historia viviente del luchador infatigable, José Castro González:

Desde tiempo inmemorial se celebran en Bembibre, durante los días 13 al 17 de septiembre, unas fiestas tradicionales llamadas del Cristo por ser hechas en la festividad del día y delante del Santuario del Ecce Homo. Este santuario está a la salida del pueblo, junto a la carretera de Madrid-Coruña, teniendo a su entrada una hermosa explanada y un magnífico paseo, que por esta circunstancia las fiestas toman un aspecto de verdadera romería estilo campestre. En estas fiestas, aparte de unos fuegos artificiales, una hoguera, grandes mercados, ferias y pasatiempos, había un festejo típico del país que llamaba siempre la atención. Este era La Danza, baile y representación de guerra. Estaba formada por diez danzarines, el gracioso, la dama y embajadores del rey cristiano y el rey moro.

Al empezar las fiestas, se personaban los danzantes en casa del cura del pueblo para acompañarle hasta al santuario al son de los tamboriles del país. Los danzarines, al tiempo de la música del tamborilero marcaban ciertas notas, daban unos saltos y zapatetas que constituían la admiración e hilaridad de los acompañantes.

Después, en la explanada del santuario se formaba el baile de la danza. Para ello, haciendo un corro, se agrupaban los diez danzarines con dos palos en la mano cada uno, y a una indicación de la música, se cruzaban los palos, chocándose. A continuación empezaba la polémica de los contendientes. De un lado, el embajador del rey cristiano decía al embajador del rey moro que su rey no quería la guerra y que tuviera a buen recaudo no fomentarla. De otro lado, la dama también intercedía y el gracioso hacía mofa y escarnio del embajador moro, llevando en un palo clavado un erizo, del que se valía también para llevar de las cestas de fruta del mercado alguna manzana o pera, en tono de broma, prosiguiendo seguidamente el baile abierto, con sus correspondientes saltos y zapatetas”.

Esta muestra del folklore de Bembibre representa una danza de palos, que integra elementos guerreros, religiosos e históricos. Y que quizá guarde relación con el proceso fundacional de la villa en el s. XII, de ahí la presencia de “los embajadores del rey cristiano y el rey moro”.

Con respecto a los gigantes y cabezudos es muy poca la información de la que disponemos, al haber desaparecido “las actas municipales y los libros del regimiento”. Afortunadamente en Bembibre los gigantes y cabezudos aparecen citados por primera vez en las Fiestas del Cristo de 1911, siendo alcalde de la villa, Abelardo López Sarmiento (1909-1911); y así se consigna en la programación del 13 de septiembre:

A las doce, el disparo de multitud de voladores y bombas de gran ruido, elevación de globos grotescos y repique general de campanas, anunciarán el principio de las fiestas.

Gigantes y cabezudos en unión de la Danza, Gaitas y Tamboriles del País recorrerán las calles de la población.

La banda municipal ejecutará bonitos y alegres pasodobles partiendo de la Casa consistorial y terminando en el Santuario, donde se dará una sorprendente y moderna sesión de fuegos artificiales de estilo japonés”.

En 1919, la corporación tutelada por Natividad Rodríguez Álvarez (1918-1921), acuerda en sesión ordinaria de 29 de junio “destinar 75 pesetas a la adquisición de gigantones y cabezudos para solemnizar la función cívica del Santo Ecce Homo de esta villa”.

Estas figuras de cartón continuaron formando parte de nuestras Fiestas Patronales en los años veinte, como se evidencia de las de 1923 y 1925.

. 13.09.1923. “A las doce, una salva de 21 cañonazos, elevación de globos, gigantes y cabezudos y un concierto por la banda municipal anunciarán el comienzo de las fiestas”.

. 13.09.1925. “A las doce, inauguración de las fiestas con disparo de bombas imperiales, repique general de campanas, elevación de bonitos y caprichosos globos, y la Banda Municipal, los Trintas y tamboriles, gigantones, tarascas y cabezudos recorrerán las calles de la villa”.

La memoria escrita de este primer grupo de gigantes y cabezudos se pierde en los albores de 1930. Por lo que años después, el alcalde de ascendencia maragata, Alfonso Maestro Blanco (1933-1936), solicitó al consistorio asturicense el préstamo de “sus gigantones y cabezudos para celebrar las fiestas de Bembibre del año 1935”. Efigies que tras la finalización de los festejos no se remitieron a su lugar de procedencia. De ahí que el 24 de enero de 1936 fueran reclamadas por el regidor de Astorga, Jesús García Gallego (1934-1936).

Con Eloy Reigada Álvarez (1946-1965) se adquieren dos gigantes y ocho cabezudos para las Fiestas del Cristo de 1947, que vemos desfilar en la víspera del 13 de septiembre:

Al mediodía, la Banda de Música del Regimiento de Burgos con su Sección de Gaitas, tamboriteros del país y los GIGANTES Y CABEZUDOS recorrerán como es tradición las calles de la Villa anunciando el comienzo de las Grandes Fiestas del Cristo, que como todos los años se celebran con gran repique de campanas, disparo de bombas de gran palenque y elevación de grotescos globos”.

Bajo el mandato de Santiago Basanta Lence (1965-1970) también se hacen inseparables de los actos programados, lo que se colige de las Fiestas de la Salida del Santo de 1966.

. 27.05.1966. “A las 8 de la mañana, precedido de gran repique de campanas, disparo de bombas y elevación de globos grotescos, un grupo de tamborileros del país, interpretando alegres dianas, recorrerá las calles de la villa acompañando a los gigantes y cabezudos”.

Con este regidor se instituye además la figura del Pregonero, que en las Fiestas del Cristo de 1966 acompaña el pasacalle de gigantes y cabezudos.

. 13.09.1966. “A las 12, en la Plaza del Generalísimo, lectura del Pregón de Fiestas por el Pregonero de la Villa.

Disparo de potentes bombas y repique general de campanas.

Seguidamente, el Pregonero, acompañado de la Banda de Trompetas y Tambores y de los gigantes y cabezudos, recorrerá las calles de la población, anunciando el comienzo de las Fiestas”.

Al tomar posesión de la alcaldía Alberto Blanco Riego (1970-1975) se practicaron reparaciones en las armaduras de los gigantes para las Fiestas del Cristo de 1970. Y en 1975 se destinó una partida de 4.600 pesetas a la mejora de este tipo de comparsas, correspondiendo 2.800 pesetas a la compra de “dos cabezas de gigantes y dos juegos de manos”; 1.300 pesetas a la adquisición de “tela para los trajes de los gigantes y cabezudos”; y 500 pesetas a la rehabilitación de los gigantes.

Estando al frente del regimiento Fernando Calvo Calvo (1975-1979), el arqueo de la contabilidad de las Fiestas Patronales de los años 1976 y 1977 consigna que se gastaron en el arreglo de gigantes y cabezudos 1.210 y 1500 pesetas, respectivamente.

El promotor de la renovación de estas efigies de cartón piedra es Gonzalo Mansilla Mansilla (1979-1983), que en junio de 1980 faculta a la Comisión de Fiestas de Bembibre para adquirir a la empresa zaragozana “Arafi-Aragonesa de Fiestas”: “Dos figuras de gigantes que representen a Don Quijote y a Dulcinea, tres de cabezudos personificando a Churro Jiménez, al Diablo y a la Bruja, todos con sus respectivos equipos y vestuarios”, por un importe de 138.904 pesetas. Imágenes que recorrieron las calles de la villa en la Salida del Santo de 1980.

. 27.06.1980. “7:00 de la tarde. Salida de gigantes y cabezudos, acompañados por la Banda de Cornetas y Tambores de la O.J.E. y tamborilero, anunciando el comienzo de las Fiestas”.

Pasacalle que para las Fiestas del Cristo se incrementó con “tres figuras de cabezudos infantiles: Pato, Payaso y Goffito”, por un valor de 24.748 pesetas.

La revisión de la correspondencia posterior menciona que durante la gestión de Antonio Rey Pérez (1983-1989), los dispendios derivados “del porteo y baile de esta comparsa” se cifraban en 73.500 pesetas para los cinco días que duraron las Fiestas Patronales de 1984. Mientras que para la Salida del Santo de 1987 los gastos de “la reparación de la ropa de los gigantes y cabezudos ascendieron a 6.000 pesetas”.

Con el tiempo estas imágenes sufrirían daños de consideración en su estructura y pérdida de policromía, lo que hizo temer por su desaparición. En agosto de 2004, el Concejal de Educación, Cultura y Turismo del Ayuntamiento de Bembibre, Jesús Javier Celemín Santos, encomienda su rehabilitación a un grupo de personas de la localidad integrado por Eduardo Núñez Cobo, Ana Casado Casado e Isabel Villasol Vidales.

En este incipiente “Taller de Restauración de Gigantes y Cabezudos” se gestó la idea de trasladar al pasacalle de las fiestas de la villa, los personajes de la inmortal novela de Enrique Gil y Carrasco, El Señor de Bembibre. El concejal encarga la construcción de la los nuevos gigantes Don Álvaro Yáñez y Doña Beatriz Osorio al especialista Eduardo Núñez Cobo, que diseña el armazón de aluminio (que sustituye al de madera, mucho más pesado) y modela el rostro y las manos; su mujer, Carmina Villaverde García, confecciona la indumentaria medieval; y Ana Cristina Pastrana González, aplica la coloración. La pareja es presentada a los bembibrenses el 10 de junio de 2006, con motivo de la inauguración de las III Jornadas del Señor de Bembibre. Tras esta meritoria obra se ejecutan otros dos gigantes más: El Conde de Lemos y El Abad de Carracedo, que Eduardo realiza con la misma técnica que los anteriores; Carmina los dota de la vestimenta adecuada y Anselmo Núñez Cobo, les da vida con sus pinceles. La nueva pareja se dio a conocer al público el 14 de septiembre de 2008, en el transcurso de las Fiestas del Cristo.

La importancia que han ido adquiriendo estos personajes míticos a lo largo de la historia y el magnetismo que irradian, hace necesaria la creación de una “Sala de Exposición Permanente de Gigantes y Cabezudos”, donde puedan ser visitados por quienes deseen profundizar en su conocimiento. Las imágenes que configuran este tipo de arte figurativo han sido fabricadas con materiales poco consistentes y encarnan a seres de otros tiempos, algunos legendarios y otros contemporáneos. Poseen además unas medidas que van de los 3,5 m de altura de los gigantes; a los 0,90 y 0,35 m de los cabezudos; y a los 1,90 m de longitud de los caballitos kilikies.

Componentes inseparables del Catálogo de Gigantes y Cabezudos de Bembibre han sido:

. Los Gigantes: “Don Quijote, Dulcinea, Don Álvaro Yáñez, Doña Beatriz, El Conde de Lemos y El Abad de Carracedo”.

. Los Cabezudos: “Oliver Hardy, Stan Laurel, Mono, Mujer, Bruja, Reina, Paje, Marco Antonio, Verdugo, Barbudo, Gorrainas, Mudito, Reinaldo, Ogro, Groucho, Churro Jiménez, Diablo, Popey, Pistolero, Negrito, Verrugón, Payaso, Payasín, Pato, Elefante, Goffito, Hockey, Forano y los Caballitos kilikies”.

La organización de aquella histriónica compañía ha sido llevada a cabo por Benjamín Fernández Martínez, Manuel Fuentes López, Abilio Da Silva, Mauro Reguera Álvarez, Benjamín Fernández Cubero, Manuel Fernández Cubero; José Manuel Domínguez Arienza; José Manuel Rincón Otero, Félix Rodríguez García, etc. Actividad que por espacio de más de 65 años desempeñaron con acierto Benjamín Fernández Martínez y su hijo Manuel Fernández Cubero.

Hoy la contemplación de la falange de gigantes y cabezudos de Bembibre nos traslada a esa etapa de la adolescencia, en que recorríamos las calles y plazas de la villa seducidos por la fuerza del personaje que nos fascinaba. Pero a pesar del tiempo transcurrido y de la nostalgia de quienes hemos llevado estas figuras, la mirada sibilina de la “Bruja” tan solo rezuma el recuerdo de su eterno portador, el joven Carlos Alonso López…

Manuel I. Olano Pastor
Museo Alto Bierzo

 

 

 

 

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