Comenzó hablando de los tardígrados, personajes de los que nunca habíamos oído, que no salen en ninguna novela, ni siquiera en las de Jules Verne, donde están todos los mundos imaginables. Comenzó hablando de los tardígrados, y he de confesar que al principio a bordo del Hespérides la veíamos con una mezcla de curiosidad y extrañeza, por no decir desconfianza… Luego, con su sonrisa, con su laboriosidad, con su continua presencia amable, se fue ganando el corazón de todos. Hacia la mitad de la campaña, impartió en la Cámara de Oficiales, con asistencia del comandante y todos los investigadores y periodistas a bordo, una magnífica conferencia sobre su trabajo de investigación, y además del respeto se ganó la admiración de todos.

Pero no es suficiente: Rosa quiere que, además de admirar su trabajo, que es ciertamente digno de aplauso, le cojamos cariño a sus tardígrados. Tal es así que ya no hay nadie a bordo que no sepa qué es un tardígrado y para qué sirve: ya son de la familia. De esta gran familia antártica con la que llevo semanas conviviendo, aprendiendo cada día una cosa nueva, y cada una más apasionante que la anterior. Hoy les hablaré de los tardígrados.

Rosa es la bióloga colombiana Rosa Acevedo Barrios, de la Universidad Tecnológica de Bolívar, en Cartagena de Indias, cuidad soñada, que asocio siempre a Gabriel García Márquez. Trabajadora incansable, siempre con una sonrisa, derrochando amabilidad; su acento de Cartagena me trae memorias de Macondo. Con su pasión y entusiasmo, Rosa ha convertido el estudio de los tardígrados en un Macondo científico, sin dejar de movernos en el realismo mágico. ¡De haber conocido a García Marquez, el gran novelista podría haber escrito Entre tardígrados: veinte siglos de soledad!

En efecto, los tardígrados —ya les explico en seguida quiénes son estos amigos, animalículos, ya casi de la familia— llevan en torno a dos mil años sobre la Tierra, veinte siglos resistiendo, evolucionando, desarrollando tales capacidades de resistencia, adaptación, hibernación que se consideran una de las especies animales más resistente del planeta. No es para menos: podrían vivir en Marte, como veremos.

Los tardígrados, ahora sí, son unos bichitos microscópicos (entre 1 mm y 1,5 mm), invertebrados, ovíparos (se reproducen por huevos), mudan (cambian el caparazón) y se alimentan de microalgas, musgos y rotíferos (protozoos). Son cosmopolitas, hay más de mil especies en todo el planeta, de ellas cincuenta identificadas en la Antártida, donde Rosa Acevedo lleva varias campañas localizando muestras en algas, musgos, líquenes y sedimentos marinos, puesto que también pueden vivir a grandes profundidades. “Se llaman tardígrados —explica Rosa— porque son de movimientos muy lentos; en el siglo XVII pensaban que eran tortugas diminutas, pero no son tortugas, aunque se parecen un poco”. Observo la imagen, el bichejo con sus ocho pares de patas, con minúsculas garras, y más que tortugas me parecen animales antediluvianos, de cuando el diluvio anegó Macondo.

Ahora los lectores y lectoras deben armarse de algo más que fe científica: “Los tardígrados son extremófilos —afirma la profesora Acevedo—, capaces de resistir las condiciones más extremas como la exposición a los rayos gamma o ultravioleta: el humano resiste una radiación de 4,5 Gy; una cucaracha, 50 Gy; un tardígrado, hasta 6900 Gy. Tienen cuatro características extremas: 1) criobiosis: resisten temperaturas de -273º hasta 150º, ningún otro organismo animal aguantaría estas temperaturas, propias de Marte; 2) anhidrobiosis: sobreviven a una deshidratación o pérdida de agua de hasta el 97% de su agua, ninguna otra especie conocida puede vivir con el 3% de agua; 3) anoxibiosis: ausencia de oxígeno y vacío: un experimento de la NASA mostró que podían sobrevivir a diez días en el vacío; y 4) osmobiosis: resisten el estrés osmótico, las presiones de entrada y salida de agua de la membrana celular”.

Ya les avisé. Y una quinta característica que Rosa Acevedo añade con vehemencia, la criptobiosis, pueden durar hasta 150 años en estado de invernación. En el siglo XVII se pensaba que morían y resucitaban, pero su resistencia es de otro planeta: de hecho, podrían vivir en la atmósfera de Marte. Se comprende fácilmente el interés de su estudio como fuente potencial de proteínas y metabolitos aplicables en biomedicina o en cosmética. Le pregunto a Acevedo por esas posibles aplicaciones: “De momento es prematuro, estamos identificando a los tardígrados, viendo su caracterización ecológica —diversidad, distribución, identificación taxonómica, secuenciación de ADN, etc.—. Más adelante podremos ver su composición estructural aplicable a reparación del ADN, conservación de órganos, de semillas, paliar los efectos de los tratamientos anticancerígenos en pacientes radiados, o en trabajadores de centrales nucleares… Y en cosmética, si son tan longevos, no envejecen, algún día se fabricará crema de tardígrados, mucho más eficaz que el botox”.

Es un proyecto a largo plazo, veinte años, “me pensiono con los tardígrados”, bromea Rosa, enamorada de su trabajo científico; enamorada también de la Vida, con mayúscula, y de su hijo, del que me enseña fotos jugando en Cartagena, con ganas ya de volver a verle. Esta campaña en el Hespérides ha sido larga, pero fructífera: Rosa Acevedo está encantada porque ya ha podido comprobar que en las muestras recogidas en distintos puntos de la Península Antártica hay tardígrados vivos.

Los miro una vez más al microscopio, espiando la criptobiosis que haría las delicias del criogenizado cuerpo de Walt Disney, y no me quedo muy convencido de que tan diminuto bichejo pueda vivir el doble que un humano. Son la vanguardia de la evolución descrita por Darwin: si han sabido adaptarse al hábitat de la Antártida y sobrevivir, es probable que resistan también los efectos del cambio climático. Por eso su estudio es necesario y urgente. Necesitamos saber cómo lo hacen, cuáles son eso sofisticados mecanismos biológicos por los que llevan 2000 años sobre la Tierra. Para ser unos simples y diminutos animalículos, son unos verdaderos Super-Tardígrados, ciudadanos de un Macondo científico apasionante, escrito desde la Antártida por Rosa Acevedo. Con acento de Cartagena de Indias.

Valentín Carrera

 

 

Cuando allá por el año 1982 empecé a trabajar en la minería del carbón berciano (Campomanes Hermanos en Santa Cruz de Montes), no me imaginaba en modo alguno que a través de la mina iba a seguir la pista de las estrellas; pero,…la vida te da...
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