De acuerdo a un estudio publicado por Cornell University, cuando nos sentimos tristes tendemos a comer alimentos menos saludables que cuando nos sentimos felices. Esto explica por qué ante determinadas situaciones de estrés o ansiedad acudimos a la comida como refugio, así como también explica por qué en fase de enamoramiento al inicio de una relación perdemos el apetito. La fórmula dice así: a mayor felicidad, menos hambre. ¿Te interesa conocer nuestra relación con los alimentos? Sigue leyendo

Para la elaboración del estudio en la Universidad de Cornell, Brian Wansink (profesor de Marketing) y dos colegas, reunieron a 38 asistentes administrativos para ver una película divertida (“Sweet Home Alabama”) así como una película deprimente (“Love Story”). Tras finalizar las películas se comprobaron las palomitas de maíz calientes con mantequilla, saladas y con semillas que se le había facilitado a los participantes. Por sorpresa, aquellos que habían visto ‘Love Story’ habían llorado más y también consumido un 36% más de palomitas que aquellos que habían visto ‘Sweet Home Alabama’.

La comida como respuesta emocional

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"La comida es una de las recompensas naturales, como el sexo y el agua, que activan los mecanismos cerebrales del placer"

Así explica el bioquímico José Viosca Ros, continuando de la siguiente forma: “Estudios de imagen cerebral han reflejado que cuanto más placentera es la comida, mayor es la liberación de dopamina en el estriado (principal nodo cerebral encargado del placer)”

Esto explica por qué ser un hincha de un equipo perdedor, engorda. Tal cual reveló una investigación de mercado realizada entre 2004-2005, el día después de un partido de fútbol se consumía hasta un 28% más de alimentos grasos en la localidad del equipo perdedor, mientras que en la ciudad del equipo ganador se veía reducida la comida basura hasta un 16%.

Quizá esto explica por qué a veces preferimos un goiko grill de comida americana como la que Deliveroo nos trae a casa y cómo otras veces preferimos una ensalada o fruta. Y es que nuestras decisiones están basadas en qué tan bien nos sentimos emocionalmente.

Diferenciar el hambre real del hambre emocional

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El hambre emocional se reconoce por no tener una base racional, es decir, no viene tras estar un tiempo sin comer sino por motivos como la soledad, ansiedad o incluso por deshidratación (a veces comemos cuando en realidad tenemos sed). Por tanto, se trata de un hambre impulsiva que tiende a perseguir antojos y a no comprender de horarios.

Además, nos suele llevar hacia los alimentos más azucarados, grasos y salados así como a la ingesta desequilibrada de hidratos de carbono. Reconoceremos inmediatamente este tipo de hambre mediante la posterior culpa y arrepentimiento que ésta genera. Pero, ¿cómo evitarla?


Una técnica para evitar dejarnos llevar por el hambre emocional es observar ésta y preguntarnos: “¿realmente tengo hambre?”. Un consejo para responder a tal pregunta es observar ese capricho de comer por al menos 5 minutos para comprender si se trata de una emoción que necesita ser sanada y no silenciada a través de la comida.

 

 

 

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